70 años

George Orwell, en 1984, nos enseña, de un modo sutil y de un modo, al mismo tiempo, claro, que para alcanzar el Poder, para alcanzarlo de un modo holístico, para alcanzarlo con rigor, es necesario, no prometer lujos, derechos y una vida más feliz tal como dirán los manuales más básicos sino, al revés, modificar el pasado. No hay mejor intervención política que esa. No se trata de prometer un futuro de fantasía; se trata, al contrario, de desvirtuar el pasado, ensuciarlo, maniatarlo, arreglarlo de manera tal que sea necesaria la presencia incesante del gobierno de turno: en el caso de 1984, de lo que se llama El Partido. «Quien controla el pasado —decía la consigna del Partido— controla el futuro». Esta es la idea principal de El Partido. De éste modo, falsificando el pasado, podían ratificar su necesidad, hablar de guerras, de pobrezas de antaño, de insuficiencias, en síntesis, inventando el pasado y no describiéndolo es que El Partido logró una innumerable serie de ortodoxos seguidores: haciéndoles creer que antes las cosas eran peores que ahora, asegurándoles que desde el arribo de El Partido al Poder, las cosas han ido progresando…aunque no se note.

Señoras, señores, no tardarán en darse cuenta de que esta es también la lógica del gobierno de turno argentino, a saber, de macrismo. Éste puede, del mismo modo que El Partido, prescindir de los siempre distantes resultados, de la siempre engorrosa efectividad. El macrismo, al igual que El Partido, habla, dice, cuenta, narra el pasado: lo rehistoriza, lo hace propio, lo pinta tal y como se le place: de este modo surge el remanido pretexto de los 70 años: 70 años de hacer mal las cosas, 70 años de vivir de prestado, 70 años de lastres, 70 años de irresponsables y corruptos morales, 70 años de crisis (algunas, como dice Rinconet, asintomáticas). Señoras, señores, este es el burdo pero efectivo relato de la derecha argentina: 70 años de pésimas gestiones justifican los miserables ratos que nos hace pasar la Segunda Alianza.

70 años. La cifra es estúpida. La cifra es de todo menos rigurosa. ¿70 años? ¿Cuántos gobiernos, tan disímiles, tan desemejantes, tan contradictorios, se sucedieron durante este periodo? Parece un chiste, sin embargo la cosa triunfa. El macrismo explícito y el implícito justifican todos los errores o, en todo caso, las no tan buenas decisiones políticas del presidente Ojos de Cielo a partir de esta herencia, la pesada herencia de 70 años de malos tratos. El dolar trepa y ya conversa con los astros, la inflación hace lo propio, los salarios, por su parte, se consuelan con el rico olor de la tierra mojada. Sin embargo, en este contexto, incluso en este contexto, agarra El Ingeniero el micrófono y, como no queriendo la cosa, dice, nos dice a todos nosotros, que sabe, cómo no va a saberlo, que la situación es complicado pero, agrega, este es el camino, lo dice convencido, y el camino es lento, es fatigoso porque Argentina, viene arrastrando, concluye el Magnánimo, problemas desde hace, más o menos, setenta años. Sus seguidores aplauden y salen a comerse al mundo con el mismo discurso: eh, loco, ¿qué te pensas? ¡Son 70 años de políticos corruptos y populistas! Van recién tres años, ¡tenele  paciencia!

Si hay algo que hacen bien, señoras, señores, seamos buenos entre nosotros, es comunicar.

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Showmatch

La noche de la televisión argentina suele ser dramática: abundan los programas de discusión política, abundan las novelas (nacionales y turcas y no sé qué), abundan las preocupaciones, las seriedades impostadas, los chistes como excepción y la música como cortina. El lunes, en cambio, al argentino se le prestó otra opción, otra chance. Volvió el programa mas popular de Argentina, el más visto, el mejor; volvió Showmatch.

Casi treinta años al aire siendo lo más visto. La historia de todos los años: los demás canales, acumulados, pierden -en términos de audiencia- contra el canal que tenga en su pantalla más o menos chica al escandaloso y espectacular programa de baile. Si bien el rating de la televisión argentina -y del mundo- cae en picada producto de las tantas plataformas de elementos audiovisuales (a saber, netfix, youtube), Showmatch consigue cada año, en sus ansiados retornos, altísimos números de consumidores: como la Coca-Cola, llega a todas las clases sociales. Moverse en subte, aunque no lo sepamos con rigor, supone compartir viaje con varios seguidores del show, con secretos y tal vez inconscientes espectadores del concurso de baile televisado. No hay que menospreciar este dato: a Showmatch lo miran los pobres, los desgraciados, lo miran los preocupados por el dolar, los preocupados por el peso, lo miran los estables y los laxos, lo miran los que sueñan con una miga de pan y los que están dirimiendo si París o Bahamas. Lo miran todos. Lo miran todas.

La previa, los juegos previos, digamos, fueron, como siempre, largos. Nada del otro mundo: estridencia, exageración, cierta densa e innecesaria dosis de lujuria, la evidencia de meses y meses de ensayos, una insondable cifra de trabajadores del arte. Desfilaron bellos cuerpos, alguno que otro mejor, cantaron (o hicieron de cuenta que) amistosas voces y cantó Chano, quien puede darse el lujo de prescindir de la afinación y así y todo seguir siendo genial en lo suyo: es el que más llega, el que más pellizca a los adolescentes de este anhedónico país. Se mostró también alguna pileta de natación, se escucharon temas de los géneros musicales más variados, hubo segmentos humorísticos no del todo logrados, etcétera. La previa fue larga y, pongamos, soportable. Y eso, en nuestra televisión, es suficiente.

Finalmente, sabrán adivinar, Twist and Shout: ¿La canción de los Beatles? No: la canción de Tinelli. Marcelo Hugo Tinelli, alias el Cabezón, apareció en escena. Algún nostálgico habrá sonreído. Algún detractor, también. Mientras tanto, un tal Lennon le decía «you know you look so good». La cámara se acercó, es lo que hace siempre cuando asoma, y él supo exactamente que tenía que hacer: sonrió, bailó, movió la cámara, caminó…hacia adelante. Hete aquí el entramado de una tradición. Marcelo Hugo Tinelli, acaso el mejor conductor, animador, de la televisión argentina de todos los tiempos, se filtró, se coló por entremedio de un enorme pilón de gente que se agolpó no sin querer allí en el escenario. Se filtró, además, en cada casa, se hizo compañía otra vez, se hizo voz reconocida y reconocible: Argentina, ese minúsculo país, se metamorfoseó, una vez más, en continente en su consuetudinario «¡Buenas noches, América!»

El mejor conductor salió, como cada año, acompañado: lo acompañaron sus bailarinas y sus escoltas personales ya históricos: Feudale, Larry de Clay, Carna y el Chino D’Angelo. Uno se imagina que, como cada año, Marcelo los llamó, uno por uno, y les preguntó si estaban para una nueva aventura. Uno se imagina que ellos, cada uno, le respondieron a Marcelo, al Cabezón, al Flaco, que sí, y le preguntaron qué iban a tener que hacer. Uno se imagina que Marcelo, para cerrar la conversación, como quien entra al café de toda la vida y es consultado por el mozo de toda la vida, les dijo, solemnemente, «lo de siempre». Eso se llama lealtad.

(Una mención especial para el Gordo Larry: Se dice, despreciando a la justicia, a lo justo, que su trabajo es indigno, se le pide, por lo demás, que se busque un trabajo honesto. ¿Qué hace a un trabajo honesto? Diría, por ahí para molestar, que su trabajo es de los más honestos que hay: su sinceridad radica en fingir, pues para fingir uno tiene que saber desde donde finge. Asimismo, su labor es dificultosa. De Clay tiene la afanosa labor de interpretar cada situación, de elogiar a los encomiables, de criticar a los detestables, de convertir a una mera anécdota, a un mero accidente, en chistes. Showmatch no sería lo mismo sin el siempre acertado Larry de Clay).

El programa fue corto. Hubo altos y bajos. El Mejor se animó, incluso, como ya acostumbra, a hablar de política, a chicanear, a pegarle, por lo bajo, al Ingeniero. Showmatch, podría decirse, distribuye por igual el derecho a la distracción pero no deja al espectador a merced del cómodo desentendimiento. Veinte puntos de audiencia, es decir, millones de familias y millones de abandonados fueron acompañados por el flaco de Bolivar en épocas de dolares cuarentones y, como se dice, de vacas flacas.

A continuación, el famoso noticiero de la medianoche del trece encontró aire: En Síntesis. Según fuentes oficiales, el rating cayó de manera abrupta a la cifra de diez puntos. Está claro: entre la fantasía paralela (pero no ajena) de Showmatch y la más pálida realidad, el argentino promedio, los cualquiera, eligen lo primero, eligen al show (falta el pan y el circo es malo; nos queda el show), eligen, como símil del tierno «Buenas noches», al último y estirado y agudo «¡Chau!» del mejor animador de la televisión argentina.

Puntos de vista

En estos tiempos de globos amarillos, es harto común encontrar ideas más o menos naífs acerca de lo que sería la democracia. En general, se quiere hacer creer que eso se trata de algo así como un un sistema hecho y rehecho para consumar una conformidad universal: el medio sería el diálogo, el fin sería el consenso, la macana, si se me permite el término, sería, para estos entusiastas, que la cosa resulte en algunas, no importa cuántas, quejas.

Este mundo tiende a lo light, a lo dietético, eso está claro. La fiesta actual podría llamarse la fiesta de la aceptación de todos los puntos de vista. El lema es el que sigue: toda opinión es respetable. Así surgen, por ejemplo, los eclecticismos más desapasionados, los más forzados encuentros interdisciplinarios, los parciales éxitos de los Andy Kusnetzoff, los Novaresio y de los Del Moro; así surgen las más impostadas tolerancias a la otredad, los más llamativos miedos y remilgos por elevar el tono de la voz y quedar así como un dogmático, como un ortodoxo, como un fanático, como un energúmeno; incluso surgen, por ejemplo, para cerrar la idea, colectivos de pedófilos que demandan, casi que jurídicamente, ser incluidos en la cada vez más extensa sigla LGBT… basándose en la opinión de que la pedofilia es simple y meramente una decisión sexual, una elección como tantas otras.

Por supuesto, aquí está el problema. No son todos los puntos de vista respetables. La grieta no es, por tanto, un error de la Matrix. Resultó curioso en su momento la apuesta propagandística, política, del Frente Renovador conducido por Sergio Massa: su idea fue la de proponer un espacio intermedio usando como vehículo la reflexión de que tanto el kirchnerismo como el antikirchnerismo son ideas demasiado pasionales. Esta reflexión derivó en la famosa metáfora de la ancha avenida del medio y en la retórica de juntar, de cada lado, los aspectos positivos. Al final, el Frente Renovador tuvo éxitos módicos: lo pretendidamente bueno del antikirchnerismo (hoy devenido macrismo) no es congruente con lo pretendidamente bueno del kirchnerismo: son ideas antagónicas, no es posible suturar la grieta, no es posible, ni mucho menos, el diálogo y el consenso; su posición resultó tibia. El macrismo, en cambio, proponiendo del mismo modo esta metodología del diálogo y el consenso, jamás se ubicó en la llamada ancha avenida del medio, ellos se ubicaron en el futuro, es decir, lejos, y han sabido coaptar a todos los militantes del antikirchnerismo fervoroso a partir de una serie de maniobras e ingredientes que no vienen al caso.

Cambiemos, una vez en el poder, no cumplió con esta rebuscada aparatología del diálogo y el consenso. Era de fácil anticipo. La democracia no es eso: es inocente creer que todas las partes quedarán igual de conformes. La democracia es, justamente, la crispación misma. No es un intento de arreglar la grieta, sino la festejable posibilidad de que ésta se sostenga pese a los tantos insistentes intentos de homogeneización. La democracia, por definición, no persigue el objetivo final de un grupo de hombres agarrados felizmente de las manos al compás de una acaremelada canción infantil. La democracia, siguiendo a Wendy Brown, no ha prometido otra igualdad que la formal (una persona, un voto; todos somos iguales ante la Ley). La democracia, así, no tiene por qué ser pensada como enemiga directa de la imposición: no hay ni hubo ni habrá ejercicio democrático que no sea sin una dosis, más o menos importante, de imposición. La democracia no es sin la disconformidad de ciertos sectores: no existe el ya trillado por el bien del País. La democracia es elegir, incluso, a quiénes hay que perjudicar. La democracia es tensión pura. La democracia no excluye a la chicana, al grito, a la ideología (es gracioso que en estos días uno se siente obligado a decir que la política incluye a la política). La democracia no es una práctica solo y completamente racional: la democracia, malas noticias, también se siente cada vez aleccionada por el no domesticable, no educable Reino de las Pasiones.

La corporación de buenos y buenas

Ciertos movimientos nos dicen que hay que decir personas con discapacidad y ya no más discapacitados. La primera formulación, dicen, es inclusiva, progre, mientras que la segunda sería discriminatoria.

Decirle, a los discapacitados, discapacitados, según la corporación de buenos y buenas, supondría una totalización de una mera característica entre otras. La discriminación, supuestamente, radica en esa sustantivación del adjetivo, en la exclusión de todo lo demás que una persona trae consigo. Ahora bien, es una lectura rara por no decir forzada. Podría conjeturar, más bien, lo contrario: que ese obvio y obstinado esfuerzo por quedar bien con todos y todas decodificado en la extensísima fórmula del personas-con-discapacidad es en sí mismo una secreta manifestación de la discriminación. Que exista y se haga tanto esfuerzo por impostar la bondad, por andar en puntitas de pie, por no ofender a nadie, es un gesto discriminatorio per se: es la prueba más cabal de que al discapacitado no se lo incluye así sin más, sin gasto de energía, sin maniobras forzadas.

Una palabra puede remitir a cualquier cosa, el significado lo decide siempre el que escucha, no así el que propone. Visto así, no discrimina ni más ni menos aquel que a un discapacitado lo describe como discapacitado (ni tampoco es, por sí mismo, un gesto inclusivo decirle persona-con-discapacidad). La discriminación, al revés, rebota de modo latente desde las bellas almas cuando éstas, al escuchar el vocablo discapacitados creen, no sin indignarse, en el acto, que allí se está produciendo una sustantivación. Sustantivación que, en realidad, es cocida precisamente en el retorcido y suspicaz modo de escuchar de estas bellas almas de siempre. Al inventar un eufemismo quedan al descubierto: sin darse cuenta confiesan que, para ellos, la palabra discapacitados sugiere inequívocamente una carga violenta.

Decir que Ana es una mujer no significa decir que es solamente una mujer. Decir que Marco es miope no excluye todas sus demás características. Decir que Carolina es una discapacitada no quiere decir que uno crea que es exclusivamente eso. Quien quiera forzar esos sentidos, quien vea ofensas en todas partes, quienes vean malas intenciones en todos, esos son los que discriminan. Es muy curioso, por ejemplo, cuando a los negros se les dice personas de color bajo el pretexto de que la palabra negros comporta un estigma y una violenta sustantivación. Es muy curioso porque la palabra negros en sí misma no significa nada más que un dato de la realidad: hay colores, está el negro, está el rosado, está el blanco, etcétera. Con la palabra discapacitados pasa lo mismo: no es en sí misma nada más que una manera de describir: la significación, el matiz discriminatorio, la sustantivación, son, en general, agregados de quien escucha. Se concluye, por tanto, que la connotación negativa, en cada caso, se la dan ellos mismos, los buenos, los que ven discriminación en todos lados, los que andan en puntitas de pie, los que son parte de la intensa corporación de buenos y buenas, los que hacen tanto…¡tanto! esfuerzo por no ofender a nadie.

La bendita cultura del trabajo

A veces la noche, debido a sus peripecias, a sus movimientos, a sus sismos, termina en un zapping y éste termina a su vez, por ejemplo, en Intratables. En mi caso, confieso, eso pasa demasiado a menudo.

Durante éste semana, la que todavía corre, ocurrió en el programa conducido por el indignadísimo Del Moro una discusión relativa a lo que suele llamarse la cultura del trabajo. Ese plantel de casi notables concluyó, rápidamente y de un modo sorpresivamente al borde de la homogeneidad, que el problema de este país, de este conjunto de hombres, es, hacia varios años ya, la falta de la susodicha cultura del trabajo: a este país, dijeron no sin solemnidad, no le gusta trabajar. A los argentinos, agregó algún que otro, les gusta lo fácil, y el trabajo no es fácil; el argentino es vago, dijo otro levantando la voz, le gusta vivir de los planes. El indignadísimo Santiago Del Moro, finalmente, se animó a referirse con nostalgia a aquellos hombres de la Europa que venían a estas tierras, a estas tan amables tierras, y les dedicaban, como compensación o como forma de agradecimiento, jornadas y jornadas de sudoraciones de todos los sabores.

Todo esto, toda esta predecible solemnidad de los pretendidamente intratables me recordó a anteriores emisiones del show (que, vale decir, se repetirán. El programa habla siempre de lo mismo, ese es su éxito). En épocas de paros, de manifestaciones, en épocas en las que, por ejemplo, los Metrodelegados deciden optar, como medida de reclamo, por suspender por algunas horas o algunos días ciertos servicios de ciertas líneas del subte metropolitano, en épocas de parates, digamos, estos mismos intratables, estos indignados de siempre concluyen, cada vez, con la misma simpleza y velocidad, que los paros son perjudiciales, lean bien, son perjudiciales para la mayoría de la sociedad porque, lean bien, el argentino -lo que eso suponga- quiere ir a trabajar.

Paso en limpio: Para el indignadísimo Del Moro, para la siempre frígida Débora Plager, para la volátil María Julia Oliván, para el Señorísimo Paulo Se-Afanaron-Todo Vilouta, para la casi independiente economista casi seria Liliana Franco, para el sobre todo no interesante Gaby Levinas, es decir, sintetizando, para el costado más histórico del panel de Intratables, el argentino que, en épocas de cortes de calles o cortes de servicios de transporte público, sufre por no poder ir a trabajar, es el mismo argentino que, en general y hace ya bastante tiempo, es vago y no quiere laburar. Cómo, dadas las pruebas, no ver la paradoja. Cómo no ver, dadas las pruebas, a la ideología surgir allí donde justamente se la ignora para que surja.

Todes

El lenguaje es machista, dicen. La revolución es en la gramática, agregan. Hay que cambiar el lenguaje, concluyen. Veamos.

En primer lugar, el problema parece ser que la gramática, la sintaxis, parecen tender a la letra o, de presunta masculinidad, dejando de lado a la letra a, de presunta feminidad. Otra vez, se razona, la mujer queda excluida, en este caso del lenguaje: decimos todos, decimos los doctores, decimos bienvenidos, etcétera.

La solución propuesta, ya sabrán, radica en ensalzar a la letra e por su pretendida neutralidad. La e, ahora, en esta propuesta, se erige como la letra capaz de incluir, sin excepción, a todo aquél que quiera sentirse aludido. De este modo, el todos se convierte en todes; de este modo, ya no vale decir los doctores sino que el artículo pasa a ser les, y así sucesivamente. A esto lo llaman lenguaje inclusivo, habrán oído.

Está claro: provoca dudas, hay quienes tienen sus reservas. Algunos refutan que es inútil, que supone todo esto un cambio superficial (a esto podría contestársele que las consecuencias no están antes de la causa, generalmente). Otros, cual académicos reales, refutan que hay que respetar a la lengua, ignorando que la cosa ni siquiera se respeta a sí misma.

Mi refutación es otra. Es más, lo mío quizá ni merezca el título de refutación. Primeramente, lo que cabe decir es que lo excluido está incluido en tanto excluido: estar ausente es hasta un modo más violento e insoluble de estar. En segundo y último lugar, prefiero al todos, prefiero a la o, y los prefiero, sobretodo, para conservar viva la evidencia de que a los hombres nos cuesta, acaso por estructura, nombrar -incluir- a esos restos, a esos enigmas, a esos hechos aislados que llamamos -errando en la generalización- mujeres. Esto último podría, por qué no, causar, en nosotros, impotencia y, en ellas, risotadas cómplices.

Posnacionalismo

Podemos seguir hasta cierto punto el siguiente análisis de un Bourdieu: los eventos deportivos -caso Olimpiadas, caso Mundial de Fútbol- funcionan como piezas fundamentales de los nacionalismos: pues uno quiere que ganen los propios, pues Mascherano dice ser un soldado dispuesto a morir, pues suenan solemnemente los himnos, pues prevalecen los colores y la pasión por eliminar al otro.

No obstante, hasta cierto punto. Si bien esta férrea y probablemente belicosa pasión nacional es fácil de notar (basta chequear el aparato publicitario encastrado en la coyuntura de un mundial), la cosa suele desperdigarse. Este mundial, el actual, es una prueba de esto: la floja participación de la selección Argentina provocó y provoca en sus militantes, en sus aficionados, en sus nerviosos identificados, la descoordinación, la disipación: vemos, sin demora, a argentinos alentar por la Croacia de Modric, por la Bélgica de Hazard, por la Rusia de los desconocidos, por la Uruguay de Tabarez, etcétera. Vemos, resumiendo, a argentinos festejar la otredad.

Agrego: en un momento dado, el seleccionado nuestro dependió de otro partido o, más específicamente, de otro equipo (de otro país): Argentina, para seguir con vida, precisaba que Nigeria venza a Islandia. Finalmente, ya sabrán, el conjunto africano nos dio, como suele decirse, una mano. Así, cabe preguntarse con alguna suma de sorna cuánto argentino dedicado a la represión, dedicado a medir tonos dérmicos, dedicado -sin eufemismos- al racismo, habrá festejado a lo tonto los dos goles que el nigeriano Ahmed Musa cometiera entonces ante la pretendidamente pura y bella colección de islandeses. La cifra, sospecho, ha de ser graciosamente inflada.

Acerca del indebido uso de sustancias

El otro día, por esas cosas de la vida, terminé, sin intención, siendo espectador, oyente, de una conferencia acerca de la actualidad y la perspectiva de las adicciones en el campo de la salud mental. Algo así.

Habló algún funcionario, algunos genios del SEDRONAR, algún experto, algún psicólogo, algunos feligreses de la estadística, algunos gerentes de la bondad y demás. Hablaron varios. Todos bajo una obvia premisa: hay que combatir la droga. Nos dejaban ver a los afortunados oyentes toda una sarta de números dramáticos acerca del aumento del consumo de sustancias. Hablaron, por supuesto, preocupados y, a la vez, no dejaron de ser corporativistas y festejar, así es, su propia labor ante semejante fenómeno de naturaleza global.

Lo llamativo es que todos éstos hablaban, cada vez, del indebido uso de sustancias y del consumo problemático de sustancias, enunciados claramente paralelos e intercambiables. Es llamativo, digo, porque hablar de un uso indebido y/o hablar de un consumo problemático implica rápidamente una dialéctica: hay un uso debido, hay un consumo no-problemático. Habría que agarrar el micrófono, agarrarlo de prepo si es que no es posible agarrarlo por otros medios, y preguntarles, a todos ellos, a todos estos Gurúes de la Vida Sana, cuál es el uso debido: ¿cada cuánto puede uno darse un saque?, ¿cuántas veces por mes puede uno colar pepa?, ¿dónde es posible conseguir cristal de buena calidad?, etcétera, etcétera.

Cuando se piensa en figuras autoritarias se piensa, por supuesto, en los extremos del extremo: en torturas, en violaciones, en procesos dictatoriales, en cámaras de gas. Lo obvio es eso. Sin embargo, hay un autoritarismo -quizá menos brutal, quizá más simbólico, quizá menos real– que se deja de lado, que no es tomado como tal; hablo del autoritarismo que ejercen los Mandamases del Bienestar que desde su supuesta posición de sabedores imponen el tonto imperativo de la vida sana explicando no sólo cuánto y cómo debería uno comer, no sólo cuánto ejercicio debería uno practicar, sino que también parece que se proponen explicar cómo debería uno drogarse y cómo debería uno no hacerlo: hay un uso indebido, nos dicen. No entienden (quizá sea su función no entender) que la pulsión -el cuerpo- es ineducable, no tiene patrón ni se sienta reflexivamente por las tardes a leer las cuasi-laicas bulas de la Organización Mundial de la Salud.

Son cosas que pasan

El domingo anterior salió al aire una entrevista que Jorge Lanata le realizó al Ingeniero, a nuestro Presidente. Éste, en un momento dado, dijo «Veníamos bien, pero pasaron cosas», nutriendo de capital a toda la felizmente insistente empresa del humor nacional. Su efecto de chispa radica, básicamente, en que ese enunciado puede ser aplicado indudablemente a cualquier caso, a cualquier cosa.

En el amor, por ejemplo, cuando éste se marchita -seamos poéticos para hablar del amor- después de tanta fulguración, la pareja, alguno de los integrantes (si no los dos) puede hacer uso de la excusa-explicación del «veníamos bien, pero pasaron cosas» sin equivocarse. En el fútbol, sin ir muy lejos, lo mismo: en el año 2014 festejamos (los argentinos) erradamente un gol ilegal de Higuaín en la final contra Alemania, luego se perdió y la debacle empezó a hincharse: veníamos bien, pero pasaron cosas. En la calle también puede uno puede pistearla como un campeón  hasta que, claro, las cosas pasen. La idea es clara. Podría seguir indefinidamente con ejemplos hasta llegar a justificar, cual Macri, la contemporánea crisis socioeconómica que atraviesa el país. Shit happens…

En definitiva, la frase «Veníamos bien, pero pasaron cosas» es una pieza que encastra y bien en cualquier rompecabezas. Eso es lo gracioso. Ese es el espíritu de todos los memes que rodean la hueca frase: no hay novedad. En momentos de dolor, en momentos inconsolables, un amigo, un compañero, un vecino, un amante puede intentar aquietar la arritmia a partir de la solemne verbalización de un «Son cosas que pasan». Este dicho, tan vacuo, tan obvio, tan perogrullo, tiene aun así su eficacia, su eficacia simbólica (habrá que estudiar por qué, pero consigue cierta sedación). Lo del Ingeniero, en cambio, es ineficaz porque su posición -la de presidente- no es homologable a la de un amigo ni mucho menos a la de un compañero de vida. Su función no es la de hacernos enterar de que la vida es lo que es (un montón de cosas que pasan y pasan), sino, al revés, la de hacer algo con las cosas que pasan y seguirán inexorablemente pasando. Un Presidente, intuyo, no debe dedicarse al consuelo (ni a la autoayuda, ni a la motivación, etcétera). Un Presidente debe ser, él mismo, un consuelo.

 

La gestión del enojo

El otro día, no importa cuándo, estaba tomando un café con leche y estaba el televisor del bar puesto en TN, famoso canal de noticias. El graph (así se llama) rezaba algo de algún enojo de Macri con no sé quién. Y recordé, inmediatamente, la cantidad de veces que leí títulos de esa índole (pueden buscarlos sin demora), a saber, reflejos de los enojos sucesivos de Macri, ya sea con los gobernadores peronistas, ya sea con Fernández de Kirchner, ya sea con sus propios funcionarios, ya sea con los empresarios, ya sea con quien sea. Al parecer, Macri siempre está enojado. O eso, por alguna razón, nos dicen.

Nos dicen. De eso se trata el periodismo. De personas, más o menos transparentes, más o menos orientados, con micrófonos y trajes costosos, que nos dicen, que nos hablan. Poca gente, estadísticamente hablando, tiene contacto directo con los afectos de Macri. Pues su rabia, su enfado, sus amores, sus pasiones, incluso, quedarán reservados, asumo, para sus más íntimos y sólo llegan a nosotros, los desconocidos, a través de esas voces que no siempre, aclaremos, son plurales. Claramente y esto no es ninguna novedad, hay lo que se dice un blindaje mediático. No quiero ahondar en esto. Pero, para redondear alguna idea diré que esta insistencia, este empecinamiento en provocar en nosotros, los tipos comunes, la creencia, la imaginación, inclusive, de que Macri, de que nuestro Presidente, está enojado debe tener algún sentido.

¿Cuál es el sentido? Me animo a arriesgar, en este documento, una hipótesis: a esta sociedad (esta palabra no me gusta, aquí sólo tiene un fin práctico) le cabe un Presidente enojado. Esta sociedad, este grupo de hombres, tiene o es retenida por el fantasma del enfado, por el fantasma de que es necesario un poco de enojo para reconstruir no sé qué, para gobernar (el fantasma dice: gobernar es lidiar). Eso es un poco el enigma que hace de carozo en este país. Si este colectivo es anoticiado de que Macri, pongamos por caso, está enojado entonces se calma, encuentra aire, piensa que ese enojo es, aun siendo un mero afecto, un tipo de gestión, por no decir el mejor posible.

Me acuerdo de un archivo que recorrió mucho tiempo los programas que reúnen y coleccionan estos: Una entrevista que Mariano Grondona le hizo, en noviembre del 2001, al entonces Presidente Fernando de la Rúa. En un momento dado, el periodista le dice, así sin más, que «el Presidente es un tipo que golpea la mesa» (hete aquí el fantasma) y, acto seguido, el Mandatario, desplegando una enorme incapacidad de metáfora, golpea la mesa que más cerca tenía allí. ¡Cuántos, debo preguntarme, se habrán equivocadamente entusiasmado, ilusionado, enfervorizado con ese golpe, con esa rabia, con esa fuerza, con ese enfado, con esa obvia gestión del enojo!