La tercera crisis

A la crisis sanitaria (que además de incluir al estrés de las camas de terapia intensiva incluye a los avatares de la vida anímica, llamada con poesía salud mental) y a la crisis económica, se ha sumado una tercera crisis: una que afecta lo cognitivo, una crisis del pensamiento.

La crisis del pensamiento es doble: por un lado, estamos empachados de coyuntura, y tal empacho nos empuja al monotema: es difícil hoy entablar una conversación que no sea sobre el coronavirus y sus terribles consecuencias. Por otro lado, no solo estamos encerrados en la monotematicidad del virus sino que, además, no hay nada interesante ni original para decir sobre ello (se ha dicho todo y en poco tiempo).

El encierro no es una cuestión meramente especial. No se trata de un domo que se ha instalado sobre el AMBA para cercenar nuestra libertad de movimiento. El encierro es, en cambio, una herida en nuestros talentos mentales, la imposibilidad certera de hablar de otra cosa que no sea la televirtualidad, la angustia, la higiene personal, la distancia, lo *real* de la enfermedad, etcétera, etcétera. El encierro es entonces un asunto del diálogo. Y de ese encierro, cabe decir, no se sale con ninguna medida gubernamental.

Ciudad mágica

Quizá la canción más representativa de Tan Biónica sea Ciudad mágica. Es representativa, o un emblema, porque significó un golpe en la nariz del canon, un hit absoluto, un tiro al blanco efectivo que se traduce en casi veinte millones de reproducciones en YouTube. Es difícil pensar en Tan Biónica y no recordar esa oda recontra pop a Buenos Aires.

Al mismo tiempo, la canción falla en respetar la historia privativa de Tan Biónica: la letra es concientemente tonta, es decir, alegre. Se plantea no molestar ningún pensamiento ni alentar ninguna revelación demasiado oscura para almas bellas. Es, en ese sentido, una excepción que corroe apenas la coherencia interna de la obra de Tan Biónica: podemos encontrar, en esta, más ejemplos contrarios, opuestos (es decir, líricas dramáticas, tristes, autodestructivas, sentidas), que ejemplos orientados en el mismo sentido bobo. El Chano errático, melancólico, ícono de corazones desgraciados, que canta qué lindo arruinarse con vos queda, de pronto, postergado por Ciudad mágica.

Ciudad mágica se convirtió en himno, no digo solo de Tan Biónica, sino del PRO, el partido político todavía verde que principalmente Mauricio Macri se encargó y se encarga de criar. Nos cansamos de escuchar cómo me gusta verte caminar así en esas demasiado frecuentes noches de festejo en el bunker de Costa Salguero. El macrismo expropió una canción y el señor Moreno Charpentier puede jactarse, si quiere, de que un Presidente de la Nación bailó y cantó uno de sus temas.

Se vuelve una opción, entonces, buscar en la letra de Ciudad mágica una pista, una clave, que permita colegir mejor la mitología del PRO y también su eficacia simbólica. ¿Se trata de mimar a la Ciudad de Buenos Aires, a sabiendas de que por ser la cuna del PRO es donde Macri y compañía siempre juegan de local y con los vientos a favor? ¿Será solo eso? ¿Qué tal si nos quedamos, no con la canción entera, sino con una frase puntual, a saber, “por hoy no pienses más/ yo sé que lo necesitás”? ¿Será ese el grano de verdad que junta a la fuerza a Tan Biónica y al PRO: una invitación a no pensar, a ser feliz porque sí, independientemente de las satisfacciones y las angustias provenientes de la realidad efectiva? ¿Será esa la propuesta del PRO: la concepción de un mundo idiota, de idiotas y para idiotas donde la felicidad es, a ese precio, viable?

La advertencia kaczkiana

Si se le presta atención a Guido Kaczka uno puede encontrarse, de repente, con un pensador. Con otras palabras, con alguien que ante la sobreabundancia de información y de verdades reveladas es capaz de restarse de la extensa sala de reuniones donde todos los invitados asienten automáticamente.

La otra vez un participante de su programa, el actor Juan Manual Guilera, confesó que transpira mucho por las manos, cosa que afecta a sus destrezas físicas. Su condición, explicó también, tiene un nombre: hiperhidrosis. La reacción de nuestro protagonista fue tan genuina como artificial, en el sentido de que se trató de una producción personal: Kaczka dijo, denunció o describió que ahora todo tiene un nombre.

“Ahora todo tiene un nombre”, así construyó el enunciado el famoso conductor del Trece para relativizar de un saque los desmedidos esfuerzos del discurso científico por achicar cada vez más la conjetural ezisencia de la cosa en sí kantiana. Si todo tiene un nombre, todo es cognoscible; y si todo es cognoscible, poco lugar le queda a la mística, a lo epifánico, a la poesía y al goce de los sentidos, a lo que por ser singul

La crítica o la advertencia de una realidad cada vez más nominada supone a la vez un movimiento regresivo y romántico hacia una etapa anterior, donde era más posible el inventarse un nombre propio (en lugar de recoger uno cualquiera y gastado del baúl de significantes que juntos conciben un código aburrido). El hecho casi objetivo de sentir transpiración en las manos ha sido, como cada fenómeno en apariencia nuevo o inexplorado, convertido en una etiqueta pegajosa, etiqueta que atrae la ventaja de no pensarse en lo que se piensa, de ni siquiera incluirse en el propio cuerpo, de neutralizar sin más todo lo relativo a una subjetividad siempre inédita e irrepetible por definición. De eso, creemos, está al tanto a su manera Guido Kaczka.

Cuatro apuntes aislados sobre cuatro películas aisladas

1) En Dos disparos, película de Rejtman, alguien encuentra un arma que se presenta como un retorno de lo reprimido, un residuo acomodado en la noche de las noches, junto a los demás escombros de lo superado, que han juntado también polvo y años. Esa misma arma de la que nadie habla, carente de relato, desideologizada, desconocida incluso para sus familiares, guardada en el costado último de la casa, es de pronto encontrada y tras ello no puede nunca más ser escondida, como si la verdad, una vez que sale a la luz, ya no fuera hábil para regresar al cajón negro de lo inconciente (no todo el inconciente es cajón negro, apenas una parte recibe con alegría esta propuesta de metáfora).

2) En Ace Ventura, el supuesto hombre-animal, el detective de la fauna, la bestia civilizada, demuestra que el equilibrio con la madre naturaleza es apenas un sueño diurno de algún freak, pues la relación que este guarda con el murciélago está quebrada por el espanto. ¿Cómo él, que tanto ama a los animales, tiene a su talón de Aquiles ahí justo donde encontramos siempre el corazón de su semblante?

3) Picnic en el jardín, de Renoir, es un intento más de representar la tensión naturaleza-cultura, donde en un lado encontramos al sexo, a la orgía, al desenfreno irresponsable de la carne, y del otro a la inseminación artificial, al tabú del contacto y a la razón del higienismo. Esta dialéctica culmina con la victoria de un elemento que no pertenece íntegramente ni a un lado ni al otro: el amor, que es un olvido estable del instinto y al mismo tiempo el símbolo madre de toda resistencia posible al progreso técnico-científico.

4) Capitán Fantástico se sitúa en la misma guerra de fueros. De un lado, el sueño demasiado hippie de simplemente abastecerse de las bondades de la naturaleza, prescindiendo así de jugar con las reglas del capital. Del otro, el sueño demasiado americano de alcanzar la realización personal por intermedio del consumo, el reconocimiento social y la pretendida justicia del sistema económico. Ningún sueño se tolera sin una dosis mínima de delirio. Al final, el buen salvaje termina decidiéndose por un tercer camino: el de pertener al capitalismo pero no tanto, cultivando y viviendo de la tierra y esas cosas, pero mandando a sus cachorros al colegio, integrándolos de tal modo a la vida con otros. La moraleja es que si te las ingeniás para quedar bien con Dios y con el Diablo, este último se queda más contento que el primero.

Las condiciones de un ídolo

Dentro del marco teórico del fútbol, por lo menos del nuestro, hay una pregunta-problema que no deja de insistir y que en esta época donde todo es teoría se resiente todavía más: ¿qué hace que un ídolo sea un ídolo?

La pregunta apunta en realidad a una investigación de condiciones a reunir. No hay, entonces, una esencia de ídolo sino más bien características universales. En este texto, vamos a proponer para el caso dos de ellas: por un lado, hablaremos del lucimiento y por el otro, de la lealtad.

Un hombre debe, para volverse ídolo, primero, necesariamente, lucirse. El currículum del ídolo siempre cuenta, cada vez, con narraciones épicas de batallas ganadas, un listado extravagante de laureles, la constitución para la historia por advenir de un legado. La grandeza de cada club queda empatada, así, con la grandeza de sus íconos particulares: ¿en quién piensa el hincha de Independiente cuando piensa en Independiente sino en Bochini y sus cuatro copas libertadores, conquistas que ayudaron al mote Rey de Copas?

El lucimiento, la glorificación, sin embargo, en tanto condición es necesaria mas no suficiente. Hay otra condición, también suficiente, que de darse junto a la otra resulta en la erección de la idolatría: la condición de la lealtad. El hombre maravilloso de los goles y las victorias irreales (ah, Maradona, cómo no imaginar devuelta su fabulosa hazaña en México), se convierte automáticamente en ídolo si a todo eso le suma un sentimiento, el sentimiento de identificar, de entre todos los lugares del orbe, un lugar especial: una casa. El ídolo siempre, sin excepción, vuelve a casa (o no se va, directamente). Elige volver por sobre las tentaciones financieras de Qatar o la MLS norteamericana. Es un acto de amor. ¿En quién piensa por ejemplo el hincha de Boca cuando piensa en la lealtad sino en Riquelme, que primero brilló, luego emigró, y a edad temprana volvió a su patria para volver a brillar, ganando al poco tiempo la Libertadores ’07?

La biografía del ídolo, entonces, ahora explorada, indica la característica del talento (es probable que el talento exija para su activación de valor, de entrega) y también indica el sentimiento de lealtad, de pertenencia. El ídolo es aquél que gana, pero que gana para los suyos: ha sido capaz de reconocer que no es lo mismo triunfar afuera, con cualquiera, que en casa, con los propios. El ídolo es un ganador, pero también un enamorado que asume las consecuencias, felices o infelices, de ese estado indecible.

Del cansancio

El cansancio es, básicamente, un modo más que tiene el hombre de relacionarse con su propio cuerpo. Estoy cansado, dice el cansado, y con eso resume un estado corporal, es decir, el sujeto del cansancio al declararse cansado mide en público la distancia con su propio cuerpo: “estoy cansado” significa también “a mi cuerpo apenas lo tengo mas no lo domino”.

Al cansancio propio se lo identifica sin problemas. No se necesita de un rapto de lucidez. Ahora, la misma suerte corre para el cansancio ajeno: existe una serie de signos visibles o atendibles que forman, combinados, un síndrome que podemos llamar el síndrome del hombre cansado.

Usemos de ejemplo al Presidente. Sabemos bien que pasamos de tener un Presidente que nos pedía un sacrifico a otro sacrificial. En cada una de sus apariciones notamos sin demora lo mismo: está cansado. ¿Cuáles son, entonces, los signos que operan a favor de ese diagnóstico?Tres signos, en principio, se hicieron visibles durante la última conferencia que Alberto Fernández llevo adelante.

El primero es estrictamente somático: Alberto Fernández tenía ojeras. Las ojeras, en su caso y en cualquier caso, son índice de una débil vida onírica. No dormir o dormir poco no solo se paga con un descenso de las capacidades mentales sino que, además, el que no duerme es castigado o en tal caso delatado a través de su propia cara: sobre la circunferencia de cada ojo, las ojeras se presentan como una confesión inconfundible: seguí de largo aun a expensas de mi integridad.

El segundo signo es temporal o, mejor dicho, es un signo que representa cierta infracción que se ha dado entre el hombre -en este caso Alberto Fernández- y el tiempo. Nuestro Presidente dijo: “No sé ni en qué día vivo”, declaración que se vuelve rápidamente asociable al cansancio: el cansado está desorientado. Si la vida onírica es, como dijimos antes, débil entonces desparece de a poco el umbral que diferencia a la noche y al día: ya no existe el pasaje de una jornada a la otra, todo es lo mismo y ya de nada sirve decirle al lunes, lunes. “Ya no sé ni en que día vivo” señala que una eficaz homogeneización del calendario tuvo lugar.

Por último, encontramos un signo relativo al lenguaje. Alberto Fernández, afectado por el síndrome del hombre cansado, se encontró en una situación dramática que todos conocemos: las palabras ya no estaban, para él, disponibles. Varias veces tuvo que ser socorrido por alguno de sus acompañantes (Wado de Pedro, Ginés García González, Santiago Cafiero) para completar las frases. Entonces, el cansancio es a la vez una indisposición para encontrar las palabras: se fueron. La discusión con el cuerpo (que llamamos cansancio), daña a la vez la relación con el lenguaje, coyuntura que cifra una nueva forma de afasia: una afasia menor, reversible, circunstancial.

La inquietud de Mauro

Los alumnos de mi mamá están viendo prefijos. Llegó el turno un día del prefijo “anti”. ¿Qué significa?, preguntó mi mamá, o sea, su docente. Alguien respondió: lo contrario. Y no está mal: el prefijo “anti” invierte la valencia de la palabra que le sigue. La docente, o sea, mi mamá, le preguntó a la que acertó si se le ocurría algún ejemplo. Sí, dijo, por ejemplo si yo digo que estoy “anti-feliz” significa que estoy triste.

¿Será ese, acaso, el estado de ánimo promedio que afecta a los niños? Mauro Viale, en su programa del domingo último (5/4), trató este mismo tema. Las preocupaciones son variadas y todas ellas justas: ah, qué será de los trabajadores informales, o de los trabajadores en general, qué será de nuestros viejos, tan descuidados por la historia y tan meados por la coyuntura, qué será de los solos, de los que hoy al escuchar la palabra cuarentena escuchan a la vez la palabra encierro. Ahora bien, y en esto se fija Mauro Viale, nadie (o casi nadie, seamos buenos), está hoy en día preocupado, interesado, impresionado por la afectividad -tan compleja, contradictoria, dramática- de nuestros niños y niñas (que son también, habitualmente, hijos e hijas).

Esa es la inquietud de Mauro: mientras la televisión muestra el disparate que sucedió en los bancos el día viernes, él se pregunta por los chicos, ¿qué pasa con esa angustia? ¿es gratuito, para la vida anímica de nuestros niños, la suspensión cuanto menos parcial del colegio? Mauro Viale entiende con rapidez que cuando alguien dice que todos la están pasando mal, ese “todos” (que es en apariencia inclusivo) puede llegar a subestimar, para el caso, el sufrimiento de los menores, la anti-felicidad de cada niño en particular, el sacrificio que ellos también practican en nombre de la por fin recuperada noción de “bien común”.

 

 

La zona de conflicto

Es difícil no pensar que toda relación incluye una brecha de no coincidencia, una distancia, un lugar para las sorpresas, en resumen, una zona de conflicto irreductible. Todos nosotros sabemos que, en general, el monto de amor que en otro descargamos no condice con su amabilidad, siempre afectada por lo odioso de cada quien.

La creación de comunicaciones tan virtuales como artificiales ha determinado cierto merma de la vida pública, es decir, cierto déficit comunitario. Ahora contamos con la potestad de elegir a dedo con qué vecinos vamos a tratar, siendo posible rechazar lo rechazable, situación que no se nos suele plantear como opción. Cualquier vivir-juntos está definido por la obligación de soportar lo insoportable, de querer al otro, por ejemplo, pese a sus manchas. No puedo “silenciar” a quien en el cine mastica con ganas sus pochoclos salados. 

Sin embargo, de pronto se abrió una puerta. Hoy día se rechaza lo rechazable por intermedio del bloqueo, el silenciamiento y el reporte de los que por a o por b se presentan ante nosotros como irreconciliables con las propias coordenadas de satisfacción. Esa es la crisis contemporánea del sentido de pertenencia a una comunidad: la verdad de que toda relación supone una zona de conflicto irreductible es negada por la creación de escenarios de realidad virtual donde la reducción del conflicto es, en cambio, practicable. Entonces, en definitiva, son buenos tiempos estos para la cobardía, para la asepsia, para los Stamateas, para los barbijos y para la masturbación cifrada en relacionarnos apenas con quienes se nos parezcan.

La fórmula del ateísmo

Durante toda la primera película de Martel (La Ciénaga) podemos seguir, para el caso, dos paralelas: por un lado, la de las derivas domésticas, donde se da la lucha cuerpo a cuerpo contra la endogamia; por el otro, la de las imágenes y los testimonios documentados sobre visiones divinas de transeúntes cualesquiera: se nos muestra cómo salteños dicen haber visto aparecer, sobre un tanque de agua, a la Virgen.

Estas dos paralelas al final se conectan y pasan a ser una misma recta, o mejor dicho, una trenza. La historia termina así: sucede una fatalidad en el seno de una familia (podemos excluir los detalles), y después uno de los personajes (Momi) le dice a otro (su hermana) “fui a donde se aparece la Virgen…no estaba”. La ironía es sutil y palmaria a la vez y llega a la trama a juntar los pedazos.

La ironia, asimismo, se nos revela como la consagración de una nueva fórmula o directamente de la fórmula del ateísmo. No se trata ya del “no creo” a secas, afirmación que en general suele elevar con ayuda del delirio al conocimiento científico a ese lugar vacante donde la carestía no juega. Se trata, en cambio, de algo del orden de lo que cofunda o le otorga consustancialidad a la razón y a la fe: la fórmula del ateísmo que descubrimos dice “fui a donde se aparece la Virgen [fe]…no estaba [razón]”.

Quizás a esto se refiera, sin forzarlo tanto, Lacan cuando advierte que cada final de análisis coincidiría en teoría con la habilitación de un ateísmo viable, o sea, no de uno que mude un Otro por Otro, sosteniendo para cada cual la cualidad de lo absoluto, sino, y en sentido inverso, de un ateísmo que estribe en el reconocimiento de que en el Otro hay también una lesión, una lesión que, por ejemplo, lo compele cada vez a no estar ahí donde uno, cual alma solitaria, lo espera.

El trípode teórico de las adicciones

En una entrevista con Carolina Ardohain -mejor conocida como Pampita-, Santiago Moreno Charpentier -mejor conocido como Chano-, esbozó una teoría para explicar, de algún modo, el flagelo de la drogadicción.

La explicación, dice, de una adicción promedio, tiene tres patas, es decir, tiene la forma de un trípode: una adicción se sostiene por lo físico, por lo mental y por lo espiritual. Al menos este esquema ensayó al aire nuestro teórico eventual.

Respecto a la variable física, lo que está en juego es la abstinencia. Hay algo en el cuerpo -el cerebro, especialmente- que media por demás en la relación que existe entre una persona y la droga. La sustancia se convierte de pronto en un órgano independiente, siempre aislado, que el cuerpo lucha por reacomodar en su lugar.

Respecto a la variable mental, Chano piensa como carozo del asunto a la obsesión: quizás como hecho paralelo, necesariamente paralelo a la inquietud física, hay algo en el pensamiento del adicto que se vuelve monótono. Eso es una obsesión: la rutina del pensamiento, su domesticación por la fuerza.

Respecto a la variable espiritual, nuestro pensador sorprende y mete en el tablero a la pieza del egocentrismo. Es decir, lejos de proponer para su empresa teórica el histórico asunto del “vacío emocional” o todas las ya remanidas reliquias de la autocompasión, Chano nombra, como posible causa de una adicción típica, a la inflación del sí mismo, es decir, refiere a un maridaje demasiado perfecto entre uno y uno mismo cuyo resultado más visible es la pasión por hacerse pelota.