Cuando la estupidez habla

Vi, recientemente, una película en Netflix bastante tonta que, así y todo, genera cosas. Se trata de “Dos tipos peligrosos”, película dirigida por Shane Black en el año 2016. Es una comedia violenta o, como dicen los expertos, “comedia de acción”. La comicidad pasa por una especie de estupidez ingeniosa, increible. El éxito resulta de confabular la idiotez exagerada de la mayoría de los personajes con la inteligencia narrativa del guionista. Al mismo tiempo, el film cuenta con una cascada molesta de escenas violentas que generan casi siempre como resultado la elevación del índice de mortalidad. Las escenas, cada una de ellas, son graciosas y violentas a la vez: los modelos no se alternan ni se turnan, se pegotean. Es una película, diría, mala en el nivel de la trama: se hace uso una importante cantidad de veces del deus ex machina, las cosas se solucionan de modos irrisorios, la vida, simplemente, en este caso, no tiene sentido (aunque eso mismo la hace tan motivante). De todos modos, en este tipo de películas, al parecer, lo que menos importa es la trama: se destacan y convocan la sangre, los chistes tontos, los golpes, la guerra y la risa fácil que provoca que un cadáver caiga encima de una mesa familiar y cosas así; En suma: elementos que hacen, generalizando, al comportamiento sublimado de norteamérica.

 

Tanta estupidez bien trabajada, inteligente, no sólo da por resultado risas que carezcan de explicación racional, sino que puede llegar a declinar en conceptos, en ideas, en reformulaciones, en interpretaciones quizá delirantes pero no por ello ajenas a lo que vivimos todos los días en este vida que sí tiene, lamentablemente, demasiado sentido. Es el caso de esta película. La misma ayuda, discretamente, a la elucidación por lo menos parcial de dos temas, conceptos, dramas: el sueño y el amor.

 

  1. El sueño. Una escena minúscula basta para esclarecer algo sobre este ejercicio. En un momento dado, el personaje principal, Holland March, interpretado por el amado Ryan Gosling, se queda dormido mientras conduce. Lo importante no es la distracción ni como este descuido termina salvando, cuidando, vidas -no quiero anticipar ningún final, quien haya visto entenderá. Lo destacable acá, es el sueño: sueña que los autos se manejan solos, por lo que podría tranquilamente soltar el volante y cerrar los ojos. Y otra vez escuchamos al fantasma de Freud: diciendo que el sueño es la realización de un deseo inconsciente. ¿Cuál es el deseo que satisface March, entonces? El primer deseo: el de seguir durmiendo; esto es, el de seguir soñando; esto es, el de seguir deseando.
  2. El amor. Otra vez por intermedio de Holland March o Ryan Gosling, como gusten pensarlo, encontramos pistas para entender aquello que se hace difícil, pesado, no realizable: el amor. No hay teoría del amor, pero si hay elementos que lo componen de modos más o menos compartidos. El protagonista se enamora de una tal Tally de quien descubrimos, sobre el final, motivaciones oscuras que la alían al bando de los malos (que en este caso es algo así como el capitalismo). Aún así, el amor perdura -el amor es ésta perduración. March no es capaz de aceptarlo o, mejor dicho, no tiene interés en aceptarlo. Lo niega, niega las miserias de la amada. La primera fechoría de ésta, la de darle un maletín con falso dinero, la de engañarlo, es interpretada por Gosling como una situación que ni la misma Tally conocía: le atribuye ignorancia, inocencia a la amada. La segunda fechoría, una menos ocultable, la de apuntarle con un arma no es tenida en cuenta como lo que es. En esta escena, el amante lo primero que hace, antes de asustarse o palidecer, es felicitar lo hermosa que está: principio del amor: se ama por partes, no al todo. Luego, al hacer consciente el peligro, no se resigna a darse cuenta también de que la amada es una farsante, una enemiga que lo quiere bien muerto. No; en cambio intenta rescatarla de esa, digamos, distracción, intenta despertarle lo que supuestamente siempre fue, intenta salvarla de sí misma, intenta el tonto último recurso del «vos no sos así» (el amante suele pensar que conoce más al objeto amado que él mismo). Toda esta historia resume, por qué no, la maquinaria del amor: un a-pesar que se resiste a toda ilustración de verdad, una boba insistencia que carece de cálculos lógicos o racionales, no una ceguera, como dicen los sabiondos, sino una mirada perdida en eso del otro que lo hace tan amable. Lo demás, cuando se ama, francamente no importa.

 

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Atendé el camino, bobo

Al ir por una autopista -no importa cual- puede uno encontrarse en algunos puentes carteles que rezan lo siguiente: “Atendé el camino. El celu puede esperar”. Son, evidentemente, parte de una campaña oficial de salud cuyo objetivo es, sencillamente, reducir el número de accidentes de tráfico a partir de la promoción del hábito de no distraerse con el celular (ni con nada, asumo). El motivo es loable. Ahora bien, el cómo, el eslogan provoca ruido en el pensamiento.

La primera parte no molesta. Cumple a rajatabla con la regla fundamental de la comunicación pública: es claro. Atendé el camino no deja lugar a la interrogación: mirá por dónde vas, punto. Lo que causa ruido, en cambio, es la segunda parte: el celu (dejemos por ahora la cuestión del diminutivo) puede esperar. ¿Cómo es la historia? ¿Tengo que mirar la autopista sólo porque mi celular puede esperar? y, también, ¿puede, de verdad, esperar?

Con respecto a la última pregunta: no, no puede esperar. Ese es el problema. Su lucecita led titilante mirándome de lleno, su vibración, su 1,2,3 it’s time to get started, demuestran que no puede esperar. Está impaciente y me delega esta impaciencia. Quiere contarme las novedades, me necesita para ser, quiere nutrir mi narcisismo cuanto antes. Y yo también. No nos podemos esperar: es mutuo, es amor, es, también, confieso, un verdadero white people problem. Seguro tengo whatsapps nuevos que cuidan cierta chance de ser interesantes y de mermar mi sentimiento de soledad vehicular. Seguro tengo notificaciones de twitter: algún corazón, algún retweet, algun estímulo para masturbar mi vanidad. Seguro tengo un nuevo match en Tinder y entonces, en tal caso, tendré que prepararme mental y tecnicamente porque quizás hoy, no sé, en una de esas, coja (coger no es natural). Seguro tengo algún nuevo like en Instagram: ¡justo cuando empezaba a sentirme feo! Seguro me está llamando mi jefe o mi pareja o algún amigo y si no atiendo: duelo, tristeza, chau. Mi celu, en conclusión, no puede esperar: está ansioso por hacerme gozar de estos recalcitrantes gadgets posmodernos: no se calla, vibra, titila, me mira y sabe por dónde pasa la vida hoy. Y yo tampoco quiero ni puedo esperar dado que esperar es, en suma, sufrir (esto lo sabe cualquier que entienda y hable francés).

Lo otro problemático o, mejor dicho, lo otro sintomático del eslogan es que recurre a la lógica del ego (tan actual, tan pesada hoy día). El enunciado da a entender que uno debe mirar el camino porque y sólo porque el celular -de uno, claro- puede esperar. Sería así: tengo que mirar el camino porque mi celular puede esperar, porque no es tan urgente, porque después hay tiempo para mí. Tengo que mirar el camino porque yo soy capaz de hacerlo y punto. El otro no aparece en la escena. El otro no importa: no se trata de salvarlo. No hay que mirar el camino por ningún interés social de conservar la vida del otro o, al menos, de no ponerla en riesgo. No. Al parecer hay que mirarlo porque el propio interés por el celular puede esperar y/o porque el celular no se va a enojar con uno si se lo hace esperar o algo así. Es raro. Es un eslogan que apunta a la economía yoica, a preservarse, no a preservar al otro.

Lo cambiaría. Es dudoso que todo esté tan cerrado en el Yo y en sus extensiones farmacotecnológicas. Creo que buscaría un efecto más interesante, despertar otra zona corporal, alterar el egoísmo secretamente venerado. Mi eslogan iría al hueso: Mirá el camino, bobo, que vas a estrolártela contra otro auto y vas a matar ipso facto a toda una hermosa familia que a los gritos rebozados de alegría cantaba “felices los cuatro” de un tal Maluma Baby.

Quizás sea un poco largo. No sé. De todos modos, ya saben, no me dedico a la comunicación.

La última palabra

El 27/12/2017 sucedió la última sesión del Senado argentino del año ya viejo. En la misma, entre otras cosas, hizo su estreno -reestreno- la Doctora Fernández de Kirchner. En su primera intervención, correspondiente a una llamada «cuestión de privilegio», se refirió a la oposición de diseño que el oficialismo pregona en sus discursos; afirmó, no sin clemencia, «voy a discutir todo». Esta afirmación generó un intercambio diferido pero no por eso menos interesante entre ella misma y Esteban Bullrich, flamante senador por Cambiemos, acerca del significante «discutir».

El ex ministro de educación, si no me equivoco, fue el primero en atender el tema. Lo hizo de manera agresiva para con la palabra en cuestión. Basándose en la etimología, rechazó el uso de la palabra «discutir» y vindicó, como sustituta, la palabra «debatir» (sostenido en no sé qué referencia simbólica), en tanto la primera apunta a la separación y él o, mejor dicho, el Gobierno apunta marketineramente a la unidad o, peor, a la Unión de todos los argentinos. Es, sin dudas, una declaración de principios ohnistas que se resumen en la creencia de que si todos los trabajadores -los ciudadanos- se ponen la camiseta de la empresa -del país, cuyos intereses y necesidades son paradójicamente nombrados por el oficialismo-, todos van a salir ganando. La pregunta es la de siempre: ¿Qué tiene que ver un país con una empresa? Probablemente, nada. Pero quienes mandan hoy, confunden estas ontologías y así, entonces, dejan a los amantes de las ciencias políticas con hambre de contenido.

La respuesta de la Doctora Fernández de Kirchner se basó, en cambio, en una de las tantas definiciones que da la siempre dudosa RAE. La definición elegida fue: «Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia». Tal escogencia remite a una reivindicación de la palabra. La ex mandataria no habló de unidad o Unión ni de alguna agua bendita marca «diálogo y consenso» sino de que en la política es necesario discutir, o sea, según la Academia, examinar con atención los detalles de alguna materia.

Ahora bien, es difícil estar de acuerdo con la RAE en este punto. Se sabe, todos sabemos, que la palabra «discutir» adopta otro significado en los usos diarios. Cuando hablamos de discusión, hablamos de disputa, de gritos, de falacias ad hominem, de trampas semánticas, de manipulaciones argumentativas, de risas irónicas, de tribunerismo, de chicanas. Cuando alguien dice «discutí con mi pareja» nadie en este mundo infiere de ello una diádica puesta en marcha de minuciosos análisis de variables con fines organizativos y medios estoicos. La discusión es otra cosa: es una contienda verbal, retórica, en la que no interesa la verdad, sino que el otro se quede sin argumentos o acepte que uno tiene la razón. Discutir es intentar reducir al otro en perdedor y cobrar a la vez estatuto de vencedor. Pero es un intento fútil: no hay cesión en la discusión. Discutir termina siendo, en definitiva, un poema interminable en el que varios monólogos se penetran, un cadáver exquisito compuesto por dos o más escritores, en el que lo único que verdaderamente importa es quedarse con la inalcanzable última palabra, consumando como efecto la perpetuidad de su relato.

Así, con esta definición quizás más popular que la etimológica o la española, «discutir» no es ni separar ni examinar. En principio, discutir une a dos o a más a partir de la separación, a partir de la diferenciación: no soy vos ni quiero serlo. En segundo lugar, por el objetivo mismo que persigue la discusión -el de quedarse con la evasiva última palabra-, discutir es irrefrenable, autoperpetuante y no tiene nada de examinacion racional (la cual acaba al concluir en algo): no se acepta nunca la valía del otro ni la estupidez propia. 

Asimismo, conforme a estas dos características que mutuamente se necesitan para ser, la discusión acerca del uso de la palabra «discusión» se tiñe de otro color desde que la democracia, como postura política de nuestro país, parece entenderse en el mismo sentido: ¿No es esto la democracia, a saber, la posibilidad, el derecho, de afirmar la propia posición a toda costa? ¿No es la democracia más el cuidado del disenso que el tibio anhelo del consenso? ¿No es la democracia un poema compartido e inacabable? ¿No es la democracia la reposición constante de la heterogeneidad? ¿No es la democracia esta separación que me hace servir del otro para reconocerme? ¿No es la democracia la inexistencia del miedo a la contestación? ¿No es la democracia que un fracaso no cancele la insistencia? ¿No es la democracia aquello que permite la incansable, errante, interminable tentativa de no dejar que el otro -en tanto rival político- se quede con la última palabra?

 

Ética de la boludez

El otro día le estaba contando a alguien sobre un reciente impasse amoroso que me tocó sufrir y recibí, de su parte, respuestas más o menos curiosas. Primero, un lamento puro: «Uh, justo a vos te viene a pasar esto que sos tan bueno». Un mensaje, sin dudas, irrisorio, de nulo carácter de verdad: Pensaba al oírlo en mis no-bondades: en los corazones que rompí, en las mentiras que diseñé, en las traiciones que perpetré, en síntesis, en todo lo que pone en duda a mi presunta bondad. Pero pasó, no le di mayor relevancia que esa. Lo verdaderamente curioso, sino gracioso, surgió después por el contenido mismo del diálogo, que ahora no viene al caso detallar. Me dijo, también a la manera de un lamento o reproche a la vida, que «al final, ser bueno no sirve para nada». Y es gracioso. Fue un chiste, supongo. Y hay que pensar en los chistes.

Ya todos sabemos que la mitología social asocia indefectiblemente a la bondad con la boludez, y entonces hablamos de buenudez o de buenudos. Está bastante establecido que la bondad, que ser bueno, es un escollo para uno mismo, un problema a evitar; que al bueno lo pasan por encima, que los otros te cagan, que no hay que confiar en la gente, que el bueno es un dormido en un mundo de arteros cuervos siempre listos para fagocitar al caído. Es desde allí que mi dialogador tiene razón: no sirve. No sirve -es importante subrayar esta palabra- porque no se condice en ningún punto con el Discurso Amo actual, matriz del pensamiento emprendedor, que promete un destino de goces tontos y egoísmos voluntaristas o bien el descarte en forma de olvido y días interminables ahogados en Prozac. Es así. O sos un emprendedor, esto es, un temerario meritócrata que se caga sin lamentos en el otro porque, en su defecto, éste se va a cagar en vos; o, la otra, sos un bueno, un inocente, un boludo que al dejarse cagar muta necesariamente en excremento fácilmente pisable.

A partir de toda esta lógica, una conclusión es inmediata: si este capitalismo tardío nos mueve al individualismo y a la directa asociación bondad-boludez-inutilidad-inservilidad-inconveniencia, entonces no queda más vehemente acto de resistencia al Poder que adoptar esa buenudez, que, siguiendo a Fito Paez, «declararse incompetente en todas las materias del mercado». La lucha contra este modelo obsceno también pasa por ahí: por ser un boludo: por caer en la suspensión yoica no aunque sea contraproducente, sino justamente porque lo es, por confiar en el otro sin cuestionamientos, por asumir el riesgo de ser cagado, por abrirse de más, por ir a perdida, por no pensar ni analizar en términos de costo-beneficio, por hacer cosas improductivas, por no hacer nada que decante en ganancias, por postergarse, por ceder hasta cederse, por esperar a quien demora, por perder el tiempo por quienes no valen la pena, por amar, en fin, y abrir en el acto una cooperativa de enamorados o, dicho con todas las palabras, una cooperativa de boludos enamorados, por más redundante que suene decirlo. 

Pare de sufrir

11. No vivirás sin sufrir.

El sufrimiento es una relación del cuerpo consigo mismo molestada, defectuosa, movida de eje. Es una tensión producto de que algo haya salido de lo ordenable y significable. El sufrimiento es, sencillamente, que algo no ande ahí donde se espera su rutinario funcionamiento. Es un no. Es que no. Un ruido que es ruido en tanto innombrable.

El sufrimiento, además, tiene la característica de presentarse como ineludible. No hay escape posible: sólo procastinaciones neuróticas y farmacológicas. Es un callejón sin salida. Es la evidencia de que el cuerpo tiene agujeros, pero estériles. Uno intenta huir pero con dudoso éxito. Caminamos de un lado al otro, ponemos una película de Tarantino o alguna que nos haga llorar mucho, matamos hormigas imaginarias con el pie, pateamos almohadones, cerramos los ojos, los abrimos, lloramos, gritamos, hablamos de Éso, pedimos, por favor, a todos los Santos y a La Vida dejar de sufrir, un pare-de-sufrir.

Y nada. Eso que íntimamente duele sigue allí, en ningún lado, en todos, incólume. El sufrimiento perdura y es causa sui (o perdura porque lo es): No se sufre por amor, por política, por la familia, por dinero, por enfermedad, ni por ningún otro contingente, sino que se sufre por y del sufrimiento mismo. No pedimos, así, que se muera el amor, por ejemplo, sino que pedimos que no duela tanto. No anhelamos una vida estable, aburrida, carente de crisis. Anhelamos, en cambio, que el cuerpo se capacite en eso de hacerse el tonto. Que sufra sin sufrir de ese sufrimiento. Que sufra sin hacer ese doblez especial.

Que el sufrimiento engendre un metasufrimiento da lugar, a la vez, a un enrarecido y perenne clima de indeterminación que parece indicar la sintomatología de una eternidad poco deseada. Que el sufrimiento sea su propio alimento es, a fin de cuentas, el gran drama de toda esta historia repleta de bostezos irónicamente insomnes, de llantos compungidos, de estratégicas desidias y de pucheros dedicados sin ton ni son y a nadie en particular.

La Ley y el Orden

La ley, al originarse, inventó el original que intenta imitar. La Ley es la imitación de un original que no existe sino a partir de esa producción. Se pergeña sobre su propio marco constitucional. Es un lenguaje y su metalenguaje. Se inventa a sí misma. Inventa también el mundo que quiere ordenar en tanto y en cuanto resolver un problema  primero implica inventarlo de modo tal que pueda ser disuelto bajo reglas propias. Así como el género no resuelve el problema del sexo sino que lo inventa y así como Dios no resuelve el problema de la existencia sino que lo inventa, La Ley no resuelve el estado natural de los hombres, lo inventa como causa. La Ley imaginariza presuntos problemas y al hacerlo los hace reales. Esta es su eficacia. Nombra el drama y la respuesta al mismo desmintiendo la arbitrariedad, la treta humana que resulta de una puja de poderes.

Su artificio es que quede todo dicho y dicho por nadie como si fuera una voz superyoica, inhumana. Habla de todo a la vez. Realiza. Es su justificación secreta. La Ley fue escrita por hombres pero sin embargo no es esta su mitología: es impersonal. Los hombres son torpes y ambiciosos y gerentes: no serviría pensarlo así. La Ley es la aparición de una guía necesaria. Pero esta necesidad de tener a dónde mirar, la inventa la misma Ley prohibiendo a su vez la posibilidad de una contraley o de alguna medida de amparo.

El brillo de la Ley es su potestad divina, su origen discreto, su naturaleza justa, su condición de primer motor, ordenación inevitable y lugar común. Es impersonal, ahistórica, inhumana, para todos los hombres, postideológica. Todo en apariencia pero sólo importan las apariencias. Al momento de inventariarse, origina la misma disolución de su funcionalidad ficcional. No hay ficción en la Ley. Es real. Es real porque lo dice la misma Ley mientras repara todo para que su letra sea una letra ancestral, atemporal, indiscutible.

Desde su propia gesta, la Ley fertiliza la posibilidad de cualquier justificación. Así, por ejemplo, el Gobierno argentino puede justificar sin pudor sus excesos, el gas pimienta, las balas de goma, dos muertes. La Ley se autodescribe como unívoca, como evasora de malas interpretaciones. Niega su máscara literaria. No hay hermenéutica dado que es La Verdad de la Verdad. Oculta con efectividad su construcción histórica, su narrativa algo fantasiosa.  La Ley, por consecuencia, es la última palabra y hace ver lindo al fascista: «hay que respetar la ley, viejo».

La Ley es la voz de lo obvio, de lo natural, de lo de siempre, de lo imbatible, de lo que siempre sirve mientras se ignore que su constitución responde a una constitucionalidad que es, ante todo, efecto de sí misma y no de ninguna realidad objetiva. Ésto último, ya lo sabemos, no existe.

Escritura y comunidad

El otro día leí en Infobae a la poeta Silvina Giaganti* definir a la literatura (a la poesía en particular) desde una óptica yoica, como un detergente, como un intento de restauración homeostática, como, en definitiva, gesto individual divorciado de toda sociabilidad: escribo por mí, para mí, desde mí, hacia mí.

Está de más decir que esta postulación provocó en el público lectoescritor una serie innumerable de repudios. Como también está de más decir que todo intento de definición de qué es la escritura provocará inexorablemente alguna que otra queja, alguna que otra discriminación desde el solo hecho de que cada goce es único, asocial, imposible de simbolizar en estadísticas o generalidades. De todos modos, hay una generalización concerniente a la escritura que parece caer por su peso: escribir implica siempre, necesariamente, es decir, inevitablemente, pensar el otro. Cada idea, cada eje troncal, cada disposición geográfica del texto, cada palabra o juego de palabras, cada recurso retórico, cada género, cada mirada conceptual, cada fraseología, cada utilización del léxico o del dialecto, resumiendo, cada decisión literaria, involucra en el acto a un otro imaginario o mitológico inventándolo. Escribir es tomar decisiones y éstas son siempre pensadas, voluntariamente o no, desde y para la potencial recepción. Se concibe así a un otro inconcebible, a un otro difuso que hará de espejo que orientará y evaluará al circunstancial escritor.

El objetivo del escritor es siempre un efecto en el otro. Quiera ser exotérico o esotérico, barroco o didacta, divulgador o sectario, sensible o emprendedor o lo que sea, su maquinaria está dedicada: no hay texto sin un otro que dote a ese sistema de signos de algún sentido. El motivo de ser del escritor es paradójicamente extrínseco. Escribir es, así, leerse a la vez de modo inverso desde un otro que no se extingue en la imposibilidad de pensarlo acabado.

De tal modo, esta arquitectura imprecisa que se cierne entre el escribiente y la imaginada otredad abre una comunidad: más allá de todo interés asocial que intrínsecamente representa a la escritura, más allá de toda pesantez autobiográfica, más allá de todo inexpugnable egoísmo, nada de esto impide que la escritura corresponda a una apertura hospitalaria al otro. Escribir es una decisión individual, para-sí, pero la misma mecánica del proceso, por sus características inmanentes, elimina todo estilo de individualismo desde que la inscripción inscribe casual y necesariamente cierto afán comunitarista que se define en que yo (mi texto) no soy nada sin ti (lector).

Esto es, en definitiva, la comunidad: la certeza de que no hay sentido de la mismidad sin la ímproba existencia de lo radicalmente otro.

Singularidades atragantadas

Se siente, se razona, una nueva modalidad de la alimentación, del menú, de la dieta. Históricamente -que se me corrija si no- comer ha sido para comer. La actividad del comer no ha tenido otro propósito que ése. Su propósito ha sido siempre el de la consecución de alguna inexplicable explosión sincronizada de grasas, aceites, azúcares, efectos crunch, jugos, ardores y texturas más o menos heterogéneas en el nivel de lo bucal. Comer siempre ha sido comer, siempre ha sido una operación encerrada en la boca, siempre ha tenido que ver con lograr o alterar algo de lo real del cuerpo. Se encuentra en la anamnesis del comer sólo un regla fundamental: que sea rico, ocioso, erótico.

Hoy en día las cosas, los órdenes relativos a la alimentación se presentan de otro modo. Estamos presenciando una estetización del acto de comer. Comer ya no es para comer. Es un gesto meramente estético. Comer es ahora, incluso, un accidente, un remanente que bien podría no estar integrado en el proceso, en el todo. Se trata de otra cosa. Lo importante es responder al imperativo de comer sano, de comer bien, de comer cool, de comer gourmet, todo a la vez. Lo importante es realizarle una dedicatoria a un otro indistinguible, a través de algún semblante, de alguna anécdota o de alguna demostración. Lo importante es cuidar el cuerpo acatando sin reproche las reglamentaciones siempre externas e ignorantes de lo singular de cada cuerpo (se afirma, además, irrisoriamente, que el cuerpo por naturaleza quiere vivir a toda costa, que ése es su único fin). Lo importante es caer y dar en platos fotogénicos dignos de instagram para la sustentación de la neoeconomía del like. Lo importante es la experiencia del alimento exótico, transfronterizo, con nombre francés, inglés, japonés o el que sea mientras sea distinto y su posterior vanagloria. Lo importante del comer dejó de ser el hecho poco cinemático del comer. La ganancia, el rédito, pasa por lo colateral: por el decir, por la exhibición, por el pertenecer al grupo de gente con cultura («cultura», palabra siempre vacilante, suele ser utilizada como sinónimo de «clase» por la vox populi). Lo que importa, en este teatro posmoderno, es sostener y proponerle una imagen al Otro: la que este pida.

La reproducción indefinida de locales Green Eat, tendientes a embellecer y a aprovechar el segmento social veggie, revestidos a su vez de estéticas intensas, prolijas, naranjas, naturales, destinadas al acogimiento de la pequeño-burguesía que no sin clemencia procura sostener su habitus, resume, así, la imborrable connivencia que existe entre el imperativo «¡Comé sano!» (que viene acompañado de otros tales como «¡viajá!», «¡disfrutá de la vida!», «¡experimentá!») y la siempre omnividente presencia secreta del Mercado.

No es este texto, empero, un repudio público a la cultura de masas. No se busca devaluar a los placeres estéticos de la pequeño-burguesía en sí mismos. No es esto, mucho menos, un contra-imperativo que promueve del mismo modo la alimentación mal llamada irresponsable. Es simplemente una tentativa por ilustrar lo que hay detrás de toda esta ola verdosa, light, instagramera, imaginaria. Lo que corre por detrás, lo que intenta escaparse de cualquier reflexión, es un imperativo más del momento, otro deber-ser, otra moral y, también, por la lógica misma de lo propio y lo impropio, de lo puro y lo impuro, una censura y una violencia discreta a aquellos que se mantienen, por deseo o goce alternativos, en la marginalidad de lo otro. Los diversos, los diferentes, ya no son los clasificados de siempre: el negro, el judío, el discapacitado, el gay, etcétera, encuentran en sus propias condiciones, en mayor o menor medida, domesticación simbólica, entendimiento y tolerancia ajena traducida en la mecánica de la corrección política (más allá de lo criticable y pensable que pueda ser todo este proceso o procesamiento). Hoy los diferentes son otros y están silenciados en tanto novedosos e inclasificables. El diferente de hoy, quizás, no se siente convocado por la religión de juntar millas, no experimenta ni sabores ni eroticidades nuevas, no sabe lo que es poke ni acaricia compulsivamente el esnobismo de llamarle muffin a la magdalena y aún disfruta, goza, el amarillo borde residual de un bife o la insolencia de salir a comer y pedir una milanesa de carne a caballo con fritas.

Lo otro que molesta, que hace ruido, es que el imperativo de lo green, del autocuidado, provenga y sea avalado y patrocinado en nombre de la Salud como si «Salud» fuera un significante unívoco, pleno de sentido. ¿Y si para mi la salud responde a comer frituras, grasas trans? ¿Y si mi salud es a la Aquiles: antes la gloria que la perdurabilidad sosa? ¿Por qué la salud tiene que ser una empresa tediosa? Se me dirá -quizás no sin razón- que la OMS ha establecido a partir de estadísticas, de la empiria, de lo cuantitativo, del dato, qué es comer bien, qué es, en definitiva, la Salud y que de ahí, por tanto, no se puede salir puesto que estamos hablando de La Ciencia, de La Verdad, de lo no-opinable. Pero me queda una réplica, una última carta, una pregunta al rescate de aquello que algunos corruptos denominamos, no esotéricamente, singularidad: en este mundo tan informático, tan calculado, tan numérico, tan estadístico, tan coacheado, en donde todos sabemos, por consecuencia, cuántas calorías hay que consumir por día, cuántas veces deberíamos tener sexo por semana, cuánto tiempo deberíamos dejar correr el agua en la ducha, etcétera; en este mundo de hoy en el cual para todo hay una ley basada en no sé qué matemática; en este mundo sobrecargado de imperativos que se resuelven a concretar una integral y fluida y progresiva suspensión o, peor, cancelación de lo propio de cada uno, ¿no será un principio de insurrección, arriesgo, cagarse en el dato?

Cinco minutos más

Podés programar la alarma a las 7:00 sabiendo que sólo de esta manera saldrá todo en orden, placentero y, aún así, al día siguiente, al momento de responder a la alarma con despertar, le demandás el premio dorado de cinco minutos más que pueden extenderse y ser una vida o vida media. Es decir, aún sabiendo que sólo despertarse a la hora estipulada servirá a los fines homeostáticos, organizativos, vos querés más. Vos, que sos un cuerpo, querés más. Más de lo que necesita un cuerpo, una biología. Más.

Esto es el goce. El goce es tener un cuerpo molesto en pulsiones, abarrotado de insatisfacción. Esto es el goce. Que la necesidad sea de los animalitos. Esto es el goce: ir más allá de lo que es suficiente, es la borradura del umbral que divide a lo suficiente de lo excesivo. Esto es el goce: lo que no le pregunta al otro si está bien. Esto es el goce: reinventar esa teoría zen, estoica, que dice que buscamos el equilibrio: buscamos un más allá de eso. Esto es el goce: un quiero-más, un segundo plato aún estando lleno, una vez más con él aunque duela, un pucho aunque el cáncer amenace, cinco minutos más aunque se llegue tarde al trabajo, al turno con el médico, al mundo.