Posnacionalismo

Podemos seguir hasta cierto punto el siguiente análisis de un Bourdieu: los eventos deportivos -caso Olimpiadas, caso Mundial de Fútbol- funcionan como piezas fundamentales de los nacionalismos: pues uno quiere que ganen los propios, pues Mascherano dice ser un soldado dispuesto a morir, pues suenan solemnemente los himnos, pues prevalecen los colores y la pasión por eliminar al otro.

No obstante, hasta cierto punto. Si bien esta férrea y probablemente belicosa pasión nacional es fácil de notar (basta chequear el aparato publicitario encastrado en la coyuntura de un mundial), la cosa suele desperdigarse. Este mundial, el actual, es una prueba de esto: la floja participación de la selección Argentina provocó y provoca en sus militantes, en sus aficionados, en sus nerviosos identificados, la descoordinación, la disipación: vemos, sin demora, a argentinos alentar por la Croacia de Modric, por la Bélgica de Hazard, por la Rusia de los desconocidos, por la Uruguay de Tabarez, etcétera. Vemos, resumiendo, a argentinos festejar la otredad.

Agrego: en un momento dado, el seleccionado nuestro dependió de otro partido o, más específicamente, de otro equipo (de otro país): Argentina, para seguir con vida, precisaba que Nigeria venza a Islandia. Finalmente, ya sabrán, el conjunto africano nos dio, como suele decirse, una mano. Así, cabe preguntarse con alguna suma de sorna cuánto argentino dedicado a la represión, dedicado a medir tonos dérmicos, dedicado -sin eufemismos- al racismo, habrá festejado a lo tonto los dos goles que el nigeriano Ahmed Musa cometiera entonces ante la pretendidamente pura y bella colección de islandeses. La cifra, sospecho, ha de ser graciosamente inflada.

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Acerca del indebido uso de sustancias

El otro día, por esas cosas de la vida, terminé, sin intención, siendo espectador, oyente, de una conferencia acerca de la actualidad y la perspectiva de las adicciones en el campo de la salud mental. Algo así.

Habló algún funcionario, algunos genios del SEDRONAR, algún experto, algún psicólogo, algunos feligreses de la estadística, algunos gerentes de la bondad y demás. Hablaron varios. Todos bajo una obvia premisa: hay que combatir la droga. Nos dejaban ver a los afortunados oyentes toda una sarta de números dramáticos acerca del aumento del consumo de sustancias. Hablaron, por supuesto, preocupados y, a la vez, no dejaron de ser corporativistas y festejar, así es, su propia labor ante semejante fenómeno de naturaleza global.

Lo llamativo es que todos éstos hablaban, cada vez, del indebido uso de sustancias y del consumo problemático de sustancias, enunciados claramente paralelos e intercambiables. Es llamativo, digo, porque hablar de un uso indebido y/o hablar de un consumo problemático implica rápidamente una dialéctica: hay un uso debido, hay un consumo no-problemático. Habría que agarrar el micrófono, agarrarlo de prepo si es que no es posible agarrarlo por otros medios, y preguntarles, a todos ellos, a todos estos Gurúes de la Vida Sana, cuál es el uso debido: ¿cada cuánto puede uno darse un saque?, ¿cuántas veces por mes puede uno colar pepa?, ¿dónde es posible conseguir cristal de buena calidad?, etcétera, etcétera.

Cuando se piensa en figuras autoritarias se piensa, por supuesto, en los extremos del extremo: en torturas, en violaciones, en procesos dictatoriales, en cámaras de gas. Lo obvio es eso. Sin embargo, hay un autoritarismo -quizá menos brutal, quizá más simbólico, quizá menos real– que se deja de lado, que no es tomado como tal; hablo del autoritarismo que ejercen los Mandamases del Bienestar que desde su supuesta posición de sabedores imponen el tonto imperativo de la vida sana explicando no sólo cuánto y cómo debería uno comer, no sólo cuánto ejercicio debería uno practicar, sino que también parece que se proponen explicar cómo debería uno drogarse y cómo debería uno no hacerlo: hay un uso indebido, nos dicen. No entienden (quizá sea su función no entender) que la pulsión -el cuerpo- es ineducable, no tiene patrón ni se sienta reflexivamente por las tardes a leer las cuasi-laicas bulas de la Organización Mundial de la Salud.

Son cosas que pasan

El domingo anterior salió al aire una entrevista que Jorge Lanata le realizó al Ingeniero, a nuestro Presidente. Éste, en un momento dado, dijo «Veníamos bien, pero pasaron cosas», nutriendo de capital a toda la felizmente insistente empresa del humor nacional. Su efecto de chispa radica, básicamente, en que ese enunciado puede ser aplicado indudablemente a cualquier caso, a cualquier cosa.

En el amor, por ejemplo, cuando éste se marchita -seamos poéticos para hablar del amor- después de tanta fulguración, la pareja, alguno de los integrantes (si no los dos) puede hacer uso de la excusa-explicación del «veníamos bien, pero pasaron cosas» sin equivocarse. En el fútbol, sin ir muy lejos, lo mismo: en el año 2014 festejamos (los argentinos) erradamente un gol ilegal de Higuaín en la final contra Alemania, luego se perdió y la debacle empezó a hincharse: veníamos bien, pero pasaron cosas. En la calle también puede uno puede pistearla como un campeón  hasta que, claro, las cosas pasen. La idea es clara. Podría seguir indefinidamente con ejemplos hasta llegar a justificar, cual Macri, la contemporánea crisis socioeconómica que atraviesa el país. Shit happens…

En definitiva, la frase «Veníamos bien, pero pasaron cosas» es una pieza que encastra y bien en cualquier rompecabezas. Eso es lo gracioso. Ese es el espíritu de todos los memes que rodean la hueca frase: no hay novedad. En momentos de dolor, en momentos inconsolables, un amigo, un compañero, un vecino, un amante puede intentar aquietar la arritmia a partir de la solemne verbalización de un «Son cosas que pasan». Este dicho, tan vacuo, tan obvio, tan perogrullo, tiene aun así su eficacia, su eficacia simbólica (habrá que estudiar por qué, pero consigue cierta sedación). Lo del Ingeniero, en cambio, es ineficaz porque su posición -la de presidente- no es homologable a la de un amigo ni mucho menos a la de un compañero de vida. Su función no es la de hacernos enterar de que la vida es lo que es (un montón de cosas que pasan y pasan), sino, al revés, la de hacer algo con las cosas que pasan y seguirán inexorablemente pasando. Un Presidente, intuyo, no debe dedicarse al consuelo (ni a la autoayuda, ni a la motivación, etcétera). Un Presidente debe ser, él mismo, un consuelo.

 

La gestión del enojo

El otro día, no importa cuándo, estaba tomando un café con leche y estaba el televisor del bar puesto en TN, famoso canal de noticias. El graph (así se llama) rezaba algo de algún enojo de Macri con no sé quién. Y recordé, inmediatamente, la cantidad de veces que leí títulos de esa índole (pueden buscarlos sin demora), a saber, reflejos de los enojos sucesivos de Macri, ya sea con los gobernadores peronistas, ya sea con Fernández de Kirchner, ya sea con sus propios funcionarios, ya sea con los empresarios, ya sea con quien sea. Al parecer, Macri siempre está enojado. O eso, por alguna razón, nos dicen.

Nos dicen. De eso se trata el periodismo. De personas, más o menos transparentes, más o menos orientados, con micrófonos y trajes costosos, que nos dicen, que nos hablan. Poca gente, estadísticamente hablando, tiene contacto directo con los afectos de Macri. Pues su rabia, su enfado, sus amores, sus pasiones, incluso, quedarán reservados, asumo, para sus más íntimos y sólo llegan a nosotros, los desconocidos, a través de esas voces que no siempre, aclaremos, son plurales. Claramente y esto no es ninguna novedad, hay lo que se dice un blindaje mediático. No quiero ahondar en esto. Pero, para redondear alguna idea diré que esta insistencia, este empecinamiento en provocar en nosotros, los tipos comunes, la creencia, la imaginación, inclusive, de que Macri, de que nuestro Presidente, está enojado debe tener algún sentido.

¿Cuál es el sentido? Me animo a arriesgar, en este documento, una hipótesis: a esta sociedad (esta palabra no me gusta, aquí sólo tiene un fin práctico) le cabe un Presidente enojado. Esta sociedad, este grupo de hombres, tiene o es retenida por el fantasma del enfado, por el fantasma de que es necesario un poco de enojo para reconstruir no sé qué, para gobernar (el fantasma dice: gobernar es lidiar). Eso es un poco el enigma que hace de carozo en este país. Si este colectivo es anoticiado de que Macri, pongamos por caso, está enojado entonces se calma, encuentra aire, piensa que ese enojo es, aun siendo un mero afecto, un tipo de gestión, por no decir el mejor posible.

Me acuerdo de un archivo que recorrió mucho tiempo los programas que reúnen y coleccionan estos: Una entrevista que Mariano Grondona le hizo, en noviembre del 2001, al entonces Presidente Fernando de la Rúa. En un momento dado, el periodista le dice, así sin más, que «el Presidente es un tipo que golpea la mesa» (hete aquí el fantasma) y, acto seguido, el Mandatario, desplegando una enorme incapacidad de metáfora, golpea la mesa que más cerca tenía allí. ¡Cuántos, debo preguntarme, se habrán equivocadamente entusiasmado, ilusionado, enfervorizado con ese golpe, con esa rabia, con esa fuerza, con ese enfado, con esa obvia gestión del enojo!

La no relación sexual

El lunes fue al programa de Moria Casán una invitada popular, de la calle, una incorrecta de la calle, digamos, a contar su particularidad, su reticente novedad: tiene 58 y es aún virgen.

Las panelistas y la conductora, algo preocupadas, agregaron entusiasmo allí para buscar motivos. No podría no haberlos. Se encontraron, del otro lado, a una mujer que gastó mucho tiempo y energía en el cuidado de sus padres, a una mujer que careció de oportunidades (habría que decirle que la vida no es esperarla), a una mujer ahora dedicada a la espiritualidad, a una mujer que dice estar enamorada de una figura pública (mientras más lejos esté mejor), a una mujer que confiesa -porque sí, es una confesión- estar bien así: ¡no necesita coger!

Aquí, el caso resiente una obviedad: la sexualidad podrá ser muy natural para el resto de los animales que están dichosamente excluidos del lenguaje, pero, para nosotros, los pensantes, los parlantes, la sexualidad es inquietante, un enigma, y nada tiene de natural. Al sexo hay que forzarlo, eso no sale fluido, eso no sale porque tiene que salir, eso no está a la espera de un tarde o temprano, eso no está inscrito en ningún código instintual. El cuerpo humano, con todo lo que tiene y lo que no, no está hecho para nada. Para coger tampoco; es un accidente, si se quiere, feliz. No hay cosa humana que prescinda del esfuerzo, del gasto. El humano es esa especie que, sobre todo, no sabe lo que hace.

Coger es no natural, por no decir a-natural. Es una actividad fallida, tiene su costado insoportable, sus oscuros. Lo molesto es el cuerpo ajeno que en apariencia se engarza y que en realidad se diluye en su opacidad, tanto se diluye que, a veces, no queda otra que preguntarle, por ejemplo, si ya acabó. Y así, de un plumazo, la mitología de que las anatomías de los sexos están hechas para entenderse (de que son simétricas) explota por los aires y deja sus restos y deja alguna insatisfacción, un par de preguntas, una risita nerviosa y la clamorosa necesidad de prender un pucho.

Comé y callate

Dentro del universo alumnos de psicología hay de todo. Algunos creen que la psicología tiene algo que ver con el sentido común, entonces se refugian en sus primitivos y forzados homo psychologicus y hacen de ese refugio la puesta en marcha de un insondable repaso de fraseologías tristemente hechas. Otros, quizás más divertidos, estudian psicología para desestimarla: no debe haber mejor modo de aprender un dominio que combatiéndolo. Hay de todo; ya saben.

El otro día, un viernes, ese día hecho para los cansados, una profesora, psicoanalista ella, presentó un caso clínico. Apenas lo presentó. El caso responde a una niña ya internada (diez años si no me equivoco) que presenta inhibición alimentaria (no come), un denso afán hablador (no deja de hablar), ciertos voluminosos arbitrios y una impostergable obediencia santa a ciertos pensamientos de orden obsesivo -que es como decir ridículos- que acuden a su mente, a su cabeza (esa especie de vocecita le pide, por ejemplo, que corra a un punto aleatorio o que se siente de rodillas y apriete sus piernas sobre su estómago). Es un caso gracioso. No deja de ser, no obstante, preocupante.

Lo presentó, sobre todo, para explicar, a partir del contraejemplo, la siguiente cita de Lacan, de un Lacan de los años 50.

«(…) prudencia en el método, escrúpulo en el proceso, abertura en las conclusiones, todo aquí nos da ejemplo de la distancia mantenida entre nuestra praxis y la psicología».

La cita es clara, no nos exhorta a una mayor ampliación. Vayamos directamente al contraejemplo presentado por la susodicha: resulta que, como respuesta a los perentorios síntomas presentados por la infante, un psiquiatra participante del interdisciplinario plantel de trabajo decidió, así sin más, hablar -conversar, diría- con la paciente. Luego del diálogo concluyó, rápidamente, a-metódicamente, que la niña estaba así -sin comer- porque se había tragado ciertos mocos durante un tiempo importante. Es una interpretación chistosa, a lo Les Luthiers. Sospecho que la joven nunca hizo uso de la figura tragarse mocos puesto que un poco en desuso está, pero no lo sé con rigor. Lo que sé, lo que sabemos los oyentes es que esa interpretación sucedió el día uno de internación lo cual es, al menos, un elemento que encastra perfectamente en este mundo fast food, en este mundo chatarra, chatarramente light.

La Profesora llegó a la siguiente conclusión: la interpretación es errada, está tirada de los pelos; y llegó, también, a la siguiente moraleja: en nombre de la eficiencia, en nombre de la velocidad, en nombre de la urgencia se puede llegar al acallamiento, cuanto menos parcial, de cada Sujeto (el psiquiatra la escucho, digamos, para no escucharla): ¡comé y callate!

Luego de presentado el caso, ciertos compañeros, quizás por golpe de alguna epifanía, se miraron al unísono y tiraron (el verbo cabe bien) la hipótesis del abuso sexual. La opción no es descabellada. El feminismo está en boga, por suerte, y nos permite dar cuenta de dos cosas: una, de que hay más abusos (infantiles y no infantiles) de los que pensábamos y, dos, de que el mundo es más horrible de lo que algunas almas bellas se animan a escrutar. Como consecuencia de estas dinamizaciones, tenemos el advenimiento de más denuncias, de más mujeres que cuentan que han sido abusadas o violentadas por hombres, de más padres atentos ante los movimientos y los síntomas de sus hijos. ¿Podría ser un abuso sexual, entonces? Sí, claro: hay muchos, el mundo está mal, está abusado.

El problema es otro. Siempre es otro. La masificación de un discurso, la avasallante y ortogonal verdad de la Época, la sobrecristalización de un sentido, el mundo convertido en un amplio salón de peluquería, la apriorística e inflexible definición de cuáles son los problemas actuales, la carencia de la duda, el pavoroso clamor, el harto ruido del día a día, son todos fenómenos que, al estar inevitablemente pegoteados, silencian al sujeto contemporáneo hasta el trágico punto de silenciarle el silencio. ¿Dónde está, por ejemplo, la palabra de esta chica de diez años, que no come, que sufre, que es caprichosa, que habla mucho cuando, así de fácil, un mundo, un mundo por demás abusado, postula una explicación alzándola al cielo cual bandera nacional antes, siquiera, de oír cuál es el timbre de su voz?

¿Podría ser, esta niña, víctima pasada o presente de un abuso sexual? Sí, por supuesto. Eso está latente. Pero podría ser víctima de cualquier otra cosa. La sobredeterminación del síntoma, la indeterminación del deseo y la no determinación del significante ilustran eso: podría ser cualquier cosa, por eso mismo es que es preferible elegir la prudencia en el método, el escrúpulo en el proceso y la abertura en la conclusiones. Sí; es más difícil de lo que suena.

El objeto testigo

Con qué suspicacia, con qué pasión, cierto progresismo arranca de cuajo a un tal Freud. Lo  descartan porque es machista y lo es, dicen, sobre todo porque puso, en su momento, al falo en el centro, ahí donde ya estaba. El problema, quizás, es que confunden falo con pene cuando, ya se sabe, hay penes chatos, hay penes torcidos, hay penes impotentes, hay penes, entonces, que no adquieren, que no pueden adquirir, por sí mismos, valor de falo.

El falo -esa construcción psicoanalítica- puede ser cualquier cosa, puede ser cualquier cosa y para ello debe dejar de ser una cosa cualquiera. Puede ser cualquier cosa si así lo permite, valga esta perogrullada, el contexto. Por ejemplo, cuando se trata de una carrera de relevos, lo que adquiere estatus de falo es el llamado objeto testigo: pues éste pasa de mano en mano, circula, y se lleva para su cuenta, debido a su brillo, las atentas miradas de todos los allí presentes. El pene, volviendo al órgano que en algún sentido parece molestar, también puede cobrar valor fálico. Esto no se desmiente. Un pene potente, un pene erecto, un pene susceptible de ser manipulado con mayor precisión, un pene susceptible de ser, digamos, usado, es, en esa condición de ser rentable, falo. Y lo es, al igual que el objeto testigo, porque se pierde, porque está hecho para perderse, porque aparece en escena con la inesquiva condición de cambiar de propietario, es decir, con la condición de no tener dueño fijo. El pene, una vez erecto, sólo sirve en la medida que se entrega. El objeto testigo sólo sirve, también, en la medida que se entrega. 

Eso es un falo: lo que se pierde, lo que se dona. Lo que se toma, incluso, en el preciso momento en que se ofrece. Un falo puede ser cualquier cosa que atraiga algunas miradas bienintencionadas, puede ser cualquier cosa que esté allí ordenando un centro y, a su vez, abriendo un surco, un espacio de pérdida. El falo es para perderse; nadie lo agarra, nadie hace uso de él sino a través del gesto de darlo a otro, de dárselo a un otro cualquiera que esté por ahí, adelante, con la mano abierta, esperando, esperando no se sabe bien qué.

 

Sobre el grado cero de tensión

La nueva Bersuit, un poco descafeinada, se pierde en la comparación: no es tan divertida como la que contaba con la virtud y el defecto de Cordera: su gracia y su a pesar. La Bersuit solía ser desprolija, un desastre, un hermoso desastre, una voz ronca, un sollozo; era lindo escuchar sus vaivenes. Hoy, su virtud y su defecto no están más, Cordera  anda haciendo líos de un modo foráneo y nadie más que sus probables fieles lo festejan, y la banda perdió brillo ganando, así, contraste. Sus letras ahora son compuestas por otro cuyas rimas son a la Calamaro, a lo Chano y, francamente, no es necesario: para eso ya los tenemos a ellos.

No obstante, uno de sus canciones, una de las que más se repetía, en su momento, en las principales radios del país, me propuso esta conversación. Se trata de «Así es». El título ya es denso, se siente olor a taxi, a taxi viejo, a taxi húmedo, a taxi lanateado. No importa. Hay un fragmento lírico interesante, perogrullo, interesante igual:

Así es la vida, muñeca rica

Por un lado te da y por el otro te quita

Te da un hachazo, y una curita,

Por un lado nos da y por el otro nos quita. 

Lo que se infiere del estribillo es, sin preámbulos, la subyacente creencia de que todo tiende al orden, al grado cero de tensión. Es tan claro que me exhorta a explicarlo. Se trata de la pretendida lógica de la compensación, esto es, de la siguiente fórmula: donde irrumpe la virulencia de una equis suma de displacer, se alimenta como efecto la sanción de un consuelo. Es como si, detrás del telón, hubiera un geniecito benigno o no maligno interesado, por sobre todas las cosas, en la homeostasis, en el equilibrio general del Universo y del soma. Todo eso, a su vez, se parece, sin saberlo, a la Doctrina Susana Giménez la cual se basa, principalmente, en la certeza de que el que mata tiene que morir. Eso es la compensación. Pero, por suerte, la Justicia, ese ideal, esa construcción, no adopta este modelo del ojo-por-ojo: la Justicia, por suerte, es un poco injusta puesto que el que mata, por ejemplo, no muere como consecuencia sino que es encerrado mientras se intenta germinar en él ciertas formaciones reactivas, algún por favor, algún trastorno de acumulación de tapitas para el Garrahan, etcétera para, finalmente, devolverlo al orden social. 

Por otra parte, esta noción, esto del hachazo y de la curita, esto del displacer y del placer, esto del equilibrio de las fuerzas tensionales, tiene algo de ying y yang: deja entrever que no es una cosa sin la otra. Ese geniecito, que bien puede ser la esencia de lo humano (de haber alguna), alguna fuerza innata, alguna verdad del cuerpo, no provoca un desastre sin intentar remediarlo luego. Es casi de sentido común. La biología -el geniecito- no se siente a gusto en el caos. Su motivación es, insisto, el grado cero de tensión. Todo parecería apuntar al remedio, al orden, a la no necesidad. Por eso vemos tantos tatuajes, verbigracia, del ying y el yang. Es cómodo, yoicamente cómodo, creer que para hacer el bien es necesario hacer un poco el mal. Eso encaja con cualquier neurosis.

Lo que se da por sentado -esto es lo llamativo- es que primero viene el displacer, primero aparece éste sobre la nada, sobre el agradable grado cero de tensión, arruinándolo y causando, como resultante, la necesidad de un movimiento como puede ser, según corresponda, el de beber agua, el de comer, el de pegarse una curita. La secuencia que propone la canción es ese: primero viene el hachazo, luego la curita. Todo en orden: la vaca tiene hambre y come pasto, hachazo y curita. Ahora bien, ¿y si el orden fuera, para nosotros los seres parlantes, inverso? ¿y si, en verdad, este geniecito ficticio, hipotético, aquí creado por palabras, más que benigno, fuera un perverso, el genio maligno cartesiano? ¿no será que primero viene la curita, el consuelo que no consuela nada, y luego, un tiempo después, el hachazo? Así, cambiando el orden, la homeostasis se caería, se caería su dictadura teórica. Es sólo un par de preguntas. Quizás, después de todo, el consuelo venga antes del drama; quizás, después de todo, no nos interesa en lo más mínimo, como seres que hablamos, el grado cero de tensión; quizás, después de todo, nos convoca el desastre, la queja, lo desprolijo, el desequilibrio, lo irrecuperable, lo inalcanzable.

Un duelo

Cuando la muerte es muerte, cuando la muerte llega de verdad, cuando la muerte es todo lo que es, todo lo que no sabemos que es, es cuando la cosa se torna insoportable.

La muerte de un pariente lejano o la muerte mainstream de un famoso que sólo se conocía por nombre y renombre, no son más que muertes virtuales. Esas muertes son en 2D, esto es, no alcanzan a adoptar tintes oscuros, no son tangibles, no alcanzan a lo real. Uno piensa en la muerte, uno de veras piensa en eso, cuando muere un ser querido, cuando se va, como se dice, para no volver. La muerte sólo importa cuando muere algo, alguien, que tiene que ver con uno, que está ahí agarrado; de otra manera, la muerte es, incluso, un chiste.

Y esas muertes reales, esas muertes en 3D, esas meras muertes, muertes-muertes, duelen. Esto es obvio. Duele y se habla de duelo. Algunos prefieren hacerse de un clona y seguir, seguir con esa vida que sigue y sigue, que sólo sabe de insistir, que insiste en insistir, que persevera y en esa perseverar, que es la derrota de los tristes, triunfa. Otros, derridianos sin saberlo, elegimos -y esto va entrecomillado- hacer el duelo sin realizarlo, que el duelo sea esa misma irrealización: decidimos pensar en el que ya no está -así se dice-, en el muerto, en lo que murió, en los te quiero que ahora tendrán menos columnas para agarrarse y evitar el temblequeo. Elegimos una ética del no-duelo, elegimos evitarlo, elegimos tributar al que se fue con la devaluada moneda de un llanto inequívoco. Nuestro duelo es que no exista ningún duelo, ninguna superación, ningún soltar. 

No duelamos, no soltamos, no olvidamos, no seguimos con nuestra vida; Extrañamos, moqueamos, lo hablamos, lo pensamos, lo extrañamos devuelta, le pedimos, de algún modo, que en paz descanse, lo escribimos, etcétera, y todo eso mientras se llora, mientras lloramos, no para descargar nada, no como modo sublimado de no sé qué, sino para llorar, lloramos por llorar, lloramos por amor y damos cuenta de la arquitectura de nuestro duelo: no superamos una mierda.

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Un manuscrito sobre la piel

Sólo hay un modo de acceder a la piel: tocándola. No viéndola dado que entre el acto de ver y la piel del otro (o la propia) está la impureza de la vista. No oliéndola porque uno no puede oler, per se, a la piel: el olor de la piel no le pertenece: huele a desodorante, a sudor, a Dior, a Burger King, pero nunca huele a piel. A una piel sólo se la puede tocar. Sólo puedo acceder a ese órgano, a ese único órgano real, tocándolo. La piel es lo que se toca, no otra cosa.

A una piel se la toca inevitablemente. Existe rozarla, pellizcarla, masajearla; existe golpearla, rascarla, apretarla; existe chuparla, besarla, hundirla. A la piel se la toca. Se la toca con el cuerpo, con el cuerpo en su sentido más amplio y restringido, entendiendo al cuerpo en su totalidad, es decir, incluyendo a la voz: no hay lenguaje corporal porque no hay otro tipo de lenguaje. Así, siendo la voz parte, a la piel también se la toca cuando se le conversa. Sólo se habla en la medida que la piel que el otro es sea tocada.

Una voz, un conjunto de palabras, tocan. Tocan al otro, es decir, tocan su piel. La pellizcan, por ejemplo. Las palabras -éstas tienen su densidad, su dermis y su epidermis- tocan. Penetran al otro sin agujerearlo del todo. Las palabras conmueven, angustian, excitan, trauman, yerran, abren, cierran, sonrojan, por lo que esa histórica diferencia que existe entre el cuerpo y el alma se zanja allí, en la piel, no entendiéndose ésta como frontera entre lo pretendidamente externo y lo pretendidamente interno, sino como el espacio íntimo en que todo sucede: allí se pegotea una palabra, allí se atiza un golpe, allí se filtra un sentimiento, allí se penetran los sexos, allí se halla, incluso, lo inhallable: en la piel. La piel es cuerpo, claro está, pero también es alma. Lo es porque siente, porque, en sentido estricto, es lo único que siente. Uno siente, en tanto ser vivo, cuando la piel da testimonio de ello.

A la piel sólo accedo tocándola y uno sólo es ser humano si cumple con la condición de ser tocado por las cosas. Ser tocado por las cosas es, siguiendo el hilo lógico, tener una piel. Y tener una piel, y no más, tener una piel, es decir, estar en contacto con la realidad, estar en imposible e inabordable contacto con lo otro y lo múltiple, significa a su vez que toda caricia sea, en rigor, una caricia al alma.