La fórmula del ateísmo

Durante toda la primera película de Martel (La Ciénaga) podemos seguir, para el caso, dos paralelas: por un lado, la de las derivas domésticas, donde se da la lucha cuerpo a cuerpo contra la endogamia; por el otro, la de las imágenes y los testimonios documentados sobre visiones divinas de transeúntes cualesquiera: se nos muestra cómo salteños dicen haber visto aparecer, sobre un tanque de agua, a la Virgen.

Estas dos paralelas al final se conectan y pasan a ser una misma recta, o mejor dicho, una trenza. La historia termina así: sucede una fatalidad en el seno de una familia (podemos excluir los detalles), y después uno de los personajes (Momi) le dice a otro (su hermana) “fui a donde se aparece la Virgen…no estaba”. La ironía es sutil y palmaria a la vez y llega a la trama a juntar los pedazos.

La ironia, asimismo, se nos revela como la consagración de una nueva fórmula o directamente de la fórmula del ateísmo. No se trata ya del “no creo” a secas, afirmación que en general suele elevar con ayuda del delirio al conocimiento científico a ese lugar vacante donde la carestía no juega. Se trata, en cambio, de algo del orden de lo que cofunda o le otorga consustancialidad a la razón y a la fe: la fórmula del ateísmo que descubrimos dice “fui a donde se aparece la Virgen [fe]…no estaba [razón]”.

Quizás a esto se refiera, sin forzarlo tanto, Lacan cuando advierte que cada final de análisis coincidiría en teoría con la habilitación de un ateísmo viable, o sea, no de uno que mude un Otro por Otro, sosteniendo para cada cual la cualidad de lo absoluto, sino, y en sentido inverso, de un ateísmo que estribe en el reconocimiento de que en el Otro hay también una lesión, una lesión que, por ejemplo, lo compele cada vez a no estar ahí donde uno, cual alma solitaria, lo espera.

El trípode teórico de las adicciones

En una entrevista con Carolina Ardohain -mejor conocida como Pampita-, Santiago Moreno Charpentier -mejor conocido como Chano-, esbozó una teoría para explicar, de algún modo, el flagelo de la drogadicción.

La explicación, dice, de una adicción promedio, tiene tres patas, es decir, tiene la forma de un trípode: una adicción se sostiene por lo físico, por lo mental y por lo espiritual. Al menos este esquema ensayó al aire nuestro teórico eventual.

Respecto a la variable física, lo que está en juego es la abstinencia. Hay algo en el cuerpo -el cerebro, especialmente- que media por demás en la relación que existe entre una persona y la droga. La sustancia se convierte de pronto en un órgano independiente, siempre aislado, que el cuerpo lucha por reacomodar en su lugar.

Respecto a la variable mental, Chano piensa como carozo del asunto a la obsesión: quizás como hecho paralelo, necesariamente paralelo a la inquietud física, hay algo en el pensamiento del adicto que se vuelve monótono. Eso es una obsesión: la rutina del pensamiento, su domesticación por la fuerza.

Respecto a la variable espiritual, nuestro pensador sorprende y mete en el tablero a la pieza del egocentrismo. Es decir, lejos de proponer para su empresa teórica el histórico asunto del “vacío emocional” o todas las ya remanidas reliquias de la autocompasión, Chano habla como posible causa de una adicción típica de la inflación del sí mismo, es decir, de un maridaje demasiado perfecto entre uno y uno mismo cuyo resultado más visible es la pasión por hacerse pelota.

Felices juntos

La trama es la siguiente: ellos dos, Ho y Lai, no están destinados a la junción. Sin embargo, algo en ellos -y contra ellos- empuja cada vez a barajar y dar de nuevo, recurso estéril sostenido en el pensamiento mágico de que existe algo así como empezar de cero.

Celos vigilantes, violencia física, indiferencia dedicada a los principios del otro, aburrimiento y letargo: así está configurada la conviviencia que sin descanso reeditan Ho y Lai. Es muy notable: puesto que se aman llegan sin demora al odio, es decir, a la fatiga de la paciencia. Es una relación que un Stamateas bien podría diagnosticar como tóxica, donde ni uno ni otro realiza del todo los deberes del hogar. Cada reinicio de la relación logra el mismo desenlace fatal: otro reinicio.

¿Qué significa entonces que el desarrollo de la vida amorosa y conyugal entre Ho y Lai haya recibido por parte de su director, Wong Kar-wai, el título Happy Together, rápidamente traducible por Felices juntos? ¿Nos alcanza la explicación made in Wikipedia de que se llama así por la homónima canción que musicaliza la película?

Si tal explicación no nos deja satisfechos, podemos recurrir mínimo a otras dos hipótesis. La primera alternativa invita a leer ahí una ironía: el amor de nuestros personajes fracasa a la hora de ser la expresión de la felicidad cifrada en la puesta a punto de un estar juntos. El chiste es que Ho y Lai, cuanto más juntos están tanto más separados. Esta relación amorosa parece no zurcir esas dos partes que llamamos individuos en un combo llamado noviazgo sino que enseña que no hay el milagro de la pura correspondencia.

La otra alternativa -apostamos más a esta-, por otro lado y en un sentido inverso, invita a la literalidad, o sea, a leer el título al pie de la letra: ¿no será, en cambio, que Ho y Lai permanecen entretejidos incluso a pesar del desgarro? ¿No será que el amor -al menos el de ellos- viene a desmentir la antinomia que la psicología traza entre la satisfacción y el malestar? ¿No será que Ho y Lai experimentan por la vía del amor ese pequeño quiasma de la lógica donde la infelicidad y la felicidad finalmente se cruzan y se confunden? No suena, al menos, tan descabellado.

Los límites de la solemnidad

The Last Laugh, documental estrenado en 2016, se basa, en general, en el problema del humor negro y, en particular, en el problema del humor sobre el Holocausto: ¿se puede hacer humor después de Auschwitz?

El documental no obvia la obviedad y expone al espectador el hecho de que la legislación del humor es un asunto que le compete estrictamente a los humoristas. Vemos, entonces, humoristas enfrentados cara a cara con una figura invisible mientras se rompen la cabeza pensando en si se puede hacer humor sobre una tragedia, bajo qué condiciones, hasta qué punto, etcétera.

Encontramos dos posturas: por un lado, están los que creen que todo chiste o humorada que refiera al Holocausto es de mal gusto; por el otro, los que no perciben límites o, en todo caso, los que creen que el límite es no ser gracioso. Los primeros son aprioristas (afirman a priori que ningún chiste sobre cualquier tragedia puede ser motivo de risa), los segundos son freudianos sin saberlo (el sentido, entienden, llega después, en un segundo tiempo, nachträglich, así que a priori no se puede zanjar el interrogante).

Si confiamos en los más radicales, tendremos que apuntar que la empresa del humor es siempre una empresa arriesgada: al ser imposible anticiparse, a priori, a los efectos del enunciado, la praxis del humorista sucede por definición acompañada de riesgos: se puede hacer un papelón o bien incurrir en una ofensa. Con otras palabras, el que abre la boca para ensayar un chiste sabe, de algún modo, que está tirando una moneda al aire.

Hay una dificultad ética y a la vez práctica en juego: ¿es deseable, primero, y es posible, después, conciliar tragedia y humor? Los primeros, aprioristas, dirán cada vez que no; los otros, freudianos, dirán a lo primero que sí y a lo segundo que, eventualmente, también. Gilbert Gottfried -que está del lado de los radicales- se queja a las risas de quienes se acercan para inquirirlo por su irresponsabilidad humorística: cómo vas a joder sobre una tragedia, le dicen. Él, según lo que cuenta, siempre alega que ese es el punto: hacer humor sobre una tragedia. El humor, en una de esas, corrige, aligera, adultera o hasta somete al trauma a un recuerdo soportable, o sea, a uno que sea por la vía del olvido.

Finalmente el tipo y los que forman parte de su escuela teorizan que hacer humor sobre lo gracioso es fácil, lo hace cualquiera, ni siquiera se precisa de ser un comediante. Pero la gracia, o sea, el talento real del comediante está en otro lado, incluso opuesto: reside en encontrar, ahí donde todo es trágico, oscuro, dramático, el límite de la solemnidad, o sea, el comienzo de la comedia.

Gilbert cuenta un chiste: un judío viejo, un sobreviviente del nazismo, gana la lotería: 200 millones de dólares. El hecho, está claro, se vuelve mediático de modo que el hombre termina siendo entrevistado. El periodista a cargo le pregunta «¿en qué vas a gastar el dinero?», a lo que el viejo judío responde «voy a construirle una enorme estatua de Hitler». Azorado, desorientado, ingenuo el periodista le repregunta si acaso no había estado y sufrido en un campo de concentración. El judío le muestra el número que tiene impreso sobre el brazo y le dice «¿de dónde pensás que saqué el número ganador?».

El ahorro del sentimiento

El hombre supo siempre cómo delegar la trabajosa tarea de la emocionalidad. Vamos a ubicar puntualmente tres maneras de la operación en cuestión.

1) El coro. Es probable que lo tengan in mente: durante las tragedias griegas -representaciones teatrales de los mitos- los espectadores se servían del coro para consumar el fin de la catarsis. Sin embargo, tal como acierta Lacan, las emociones que se entregan a la purificación no eran directamente las del público sino que, digamos así, eran otros los que se ponían al hombro la ardua tarea del sentir, instalando una mediación. «Aunque no sientan nada -dice Lacan- el coro habrá sentido por ustedes».

2) Las risas enlatadas. Žižek descubrió antes que nadie de qué va el truco de las risas enlatadas, grabadas, mecánicas de las sitcoms norteamericanas. Están ahí donde están para que uno, en tanto espectador, pueda ahorrarse en definitiva la actividad de la risa. Sentiremos al final de cada capítulo que nos hemos reído incluso cuando la risa (nuestra) haya faltado de inicio a fin.

3) Videos de reacciones. Hace poco tomamos noción de un fenómeno más o menos nuevo: en youtube hay una extensa serie de youtubers que se dedican, entre otras cosas, a reaccionar, es decir, se graban a sí mismos mirando otros videos (populares, relevantes, curiosos, musicales) a la par que, podrán adivinarlo, reaccionan, comentan, acotan, hacen muecas, etcétera. Que sean numerosas las reproducciones de tales metavideos es índice de la funcionalidad: otra vez el hombre le endilga a otro trabajador la responsabilidad del sentimiento.

Por un lado, concluimos que la sentimentalidad es un trabajo, un trabajo que bien uno elegiría evitarse, que bien uno elegiría delegar a expertos en la materia. Por el otro, concluimos que la sentimentalidad puede darse por efecto contagio, siendo este asintomático: sentimos que purgamos nuestras emociones, sentimos que nos reímos, sentimos que reaccionamos pero, al mismo tiempo, en ningún caso se trata de nuestra propia afectividad la que está en juego.

De una enfermedad que no avisa

El siguiente relato está basado en lo que Jonatan Viale contó el pasado sábado 23 de noviembre en el programa Podemos Hablar:

Cuando me refiero al origen es automática la reacción de mis interlocutores: piensan siempre que estoy mintiendo o, en tal caso, exagerando. Piensan siempre que lo que cuento es demasiado anacrónico, que no debe ser cierto.

Estaba de invitado en un programa malo del canal, del canal que me paga el mes, y la vi en el detrás de escena, haciendo de productora. En general uno suele tender al preconcepto de que la belleza no está en las oscuras, en lo reprimido de la imagen. Es un error.

La epifanía no te deja hacer de cuenta que nada pasó. Te obliga. La vi y entendí sin demora que a la vida que conocía, la mía, le faltaba un pedazo importante o, si me autorizan la poesía, a mi torta le faltaba el glaseado de limón por encima. No tenía más permiso para fingir que no me faltaba nada.

A mi lado había un tipo bastante simpático que se dedicaba a los espectáculos o a eso que se llama con más precisión la farándula. Le dije, che, Tomy, ¿quién es ese bombón?, el tipo se rió y un poco me mandó a la cucha diciéndome que no, que Micaela no me iba a dar bola. Además, remató, su apellido es indecible, es una cosa polaca o ucraniana, andá a saber.

Yo no soy lo que se dice un galán. No tengo ni la altura de mi padre ni la prestancia de mi madre, apenas me ha tocado la chance de ser un regordete bonachón. Sin embargo nada de esto importa: aprendí por la fuerza que en realidad el amor no tiene nada que ver con el goce estético. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es la hechura del flechazo.

Escribime el apellido, le dije en voz baja a Tomy, del resto me encargo yo. El tipo estaba tentado porque, claro, para él, igual que para mí, ella era la mejor mujer del lugar y yo, para él, igual que para mí, solo un conocido periodista. Así y todo me escribió el apellido en un papelito: tomá, pero no hagas ninguna gilada sin pensarlo antes dos veces.

A veces me preguntan, cuando hablo de esto, si fue lo que se dice un amor a primera vista. Creo que sí, ya dije algo antes: es una epifanía. Estás ahí lo más tranquilo y de pronto el velo que es la realidad se desgarra y te la ves de frente con la verdad. Está claro que mientras la realidad es soportable la verdad es una cosa divertidísima e innecesariamente riesgosa.

Ahora no es como antes. Con un nombre y un apellido te hacés una ensalada rendidora, una ensalada para cuatro. Un poco de investigación bastó para encontrarla y escribirle. Te felicito por el programa, muy bueno, le puse. Lo gracioso del asunto es que mientras escribía eso pensaba, lo juro, pensaba que la tipa no iba a percatarse de mis intenciones, como si fuese una débil mental.

Es innecesariamente riesgoso. Nadie en su sano juicio puede decidirse por el amor. No solamente porque no conviene en un sentido laboral, productivo, sino también porque te desvitaliza. Yo no creo, como creen los poetas, que el amor sea una especie de pneuma. Según mi experiencia de lo que se trata es de una fuerza compresora que te aplasta hasta reducirte a tu mínima expresión.

Hola, me respondió. Apenas un hola, tomándome el pelo o, lo que es peor, dándome a entender de forma encriptada que no había tela para cortar, que estaba confundido, que el negocio quedaba en otra calle. Después de eso insistí bastante, desde la altura de mi apasionamiento ya no podía ver el hecho de que alguien me creyera un acosador. Era yo el acosado.

Me preguntaba para mis adentros en qué momento la insistencia se vuelve un acoso, en qué momento un enamorado se vuelve un enfermo psiquiátrico. Me preguntaba y a la vez reflexionaba que en rigor no hay gran diferencia, que en todo caso es el amado, y no el amante, el que ofrece el veredicto final.

Me enteré un día, gracias a la información de un colega amigo, que la tipa en un viaje hasta Miami perdió, le perdieron quiero decir, la valija. Apenas me cayó cual sombra en verano esa noticia me puse de pie, miré por la ventana hacia un punto fijo y recité para darme fuerza esa frase del Indio que dice a veces gana, a veces pierde, como todo jugador.

Vos al no ya lo tenés, te dicen siempre. Y es verdad. Creo que todos, incluyo a los talentosos, escuchamos más el no que el sí, y eso que prefiero no contar los innumerables no sé. Eso explica en parte que el sí, cuando llega, sea tan celebrado. La alegría se forja viendo de cerca a la tristeza y viceversa, es el famoso efecto contraste.

Llamé a la aerolínea. Nada. No tenían la más pálida idea sobre qué estaba hablando. Entonces hice lo que hubiese hecho cualquiera en mi lugar, es decir, una locura: le compré una valija y en el interior guardé flores, chocolates y un oso de peluche, uno de esos que te miran fijo.

También están los que te dicen que cuando la cosa no anda no hay nada que hacerle. Nunca fue ese mi lema. Yo soy de los que creen que el enamoramiento es sugestionable. Hay que probar, ir viendo, tantear. Son más las historias de amor que vinieron mal de fábrica que las que desde el vamos funcionaron sobre ruedas.

Se la mandé como se imaginarán. A las horas y para mi alivio la tipa me escribió. Me dijo, bueno, ahora no te puedo decir que no, te acepto un café. Así que medio que por lástima nos vimos cara a cara. La primera cita duró diez minutos. No miento. Si yo le preguntaba que opinión guardaba acerca de la coyuntura sociopolítica del país ella me respondía qué sé yo. Intentaba remar y la verdad es que ni siquiera tenía remos.

Cada vez que pienso, como ahora, en cuál fue la historia del asunto, me siento un alienado, siento que en realidad nada de esto existe, que mi percepción no coincide con lo que hay que percibir. Cuando digo que yo hice todo eso siento que la palabra yo, en este caso, no alude a mí mismo sino a un alienígena que me toqueteó desde el más allá todo el panel de control.

Aunque no sea verosímil tuvimos, después de la monosilábica vuelta, varias citas más. La segunda vez, lo recuerdo bien, fuimos a ver una de James Bond. Fuimos a ver una de James Bond siendo que a nadie en este mundo le interesa en lo más mínimo James Bond. A ella sí. Me encantó, me dijo. A mí también, le respondí rogando que me creyera.

Cómo se conocieron es una pregunta clásica. Mi respuesta no sé, me parece que en casi todos los casos produce vergüenza ajena, deben considerar que la generalidad de mi proceder se ajusta más a los de otros tiempos que a estos, que ahora ya nadie regala flores, que las flores se convirtieron de pronto en una grasada, y ni hablar los osos de peluche.

Ni recuerdo la tercera cita, habrá sido un plomazo infernal. Sí recuerdo la tercera porque estábamos cenando y me dijo: pensé, escuchame, pensé en un momento que los ojos del oso de peluche que me regalaste eran dos microcámaras a través de las que desde tu casa me vigilabas, creí que eras una especie de psycho-killer, en serio. La pasamos bomba.

No es tan sencillo encontrar la situación. Quiero decir, la situación del primer beso. Si la tipa es fría y el flaco, en cambio, un perejil, un lento, todo se vuelve trabajoso y no hay momento que no sea vivido como inoportuno. Uno no sabe si la situación es algo que se da o algo que se elige.

No podía parar de martirizarme con el pensamiento de que, en cuatro tiros, nunca le había tirado la boca. Mis amigos no lo podían creer, siglo XXI, toda la bola, empowerment femenino, liberación de los sexos y nada. Siempre que le miraba el objetivo me angustiaba, no sé si tiene sentido, pero sentía una angustia terrible que me hacía cambiar de idea.

La próxima sin falta, me decía. Y si te da vuelta la cara te da vuelta la cara, qué va a ser. La vida va a seguir. Vas a encontrarte con otras, alguna te va a dar la hora y bueno, sí, siempre quedará un dejo de nostalgia por lo que no fue. No hay que ser muy lacaniano para saber que uno quiere lo que no puede tener.

Le dije: tal día te paso a buscar, temprano, y te invito el desayuno. La gente ya ni desayuna, no sé, pero me pareció que el turno matutino podía insuflarme otro talante. Yo apenas me levanto carezco de filtro, soy otro, es como si de noche perdiese los estribos y luego los recuperase con el correr de las horas.

Nunca me cepillo tanto los dientes como cuando voy a verla a ella, y eso que trabajo para la tele. No sé qué tanto le preocupa mi dentadura, pero me calma pensar que algunas cosas dependen de mí, que no todo es responsabilidad de un desarrollo hostil que se programó inclusive antes de que uno naciera. Me calma pensar que el amor no es un destino sino, más bien, un desvío del hombre en su trayecto hacia los dioses.

Quinta cita: entre medialuna y medialuna, en un escenario poco romántico, le tiré la boca, así se dice. Y nos besamos. Creo que lo suficiente, no lo aseguro, pasa que perdí la noción. Nos besamos y después nos miramos risueños, así como en las películas melosas. Acto seguido, y sin trocar la sonrisa, la muy hija de su madre me dijo no sin cinismo: por fin, no sé que estabas esperando. Yo tampoco, le respondí, yo tampoco.

Qué linda pareja hacen ustedes dos: es lo que dicen nuestros allegados. Entonces pienso en Tomy que tan poca fe me tenía. Pero sin rencores, qué culpa le cabe, ninguna pareja es linda a priori, al juguete hay que verlo ensamblado. Además me escribió el apellido en un papelito: escribió sin saberlo una novela.

De vez en cuando la miro y le digo che, con vos me gané la lotería. Quizás me ama, pienso, y me alcanza el quizás. Desde la escena del beso todo sucedió de manera trepidante. Noviamos, convivimos, nos casamos, y como vino el primero vendrá dentro de poco Rafael, el segundo. No me puedo quejar.

Los viejos nuevos tiempos

Cambia, todo cambia dice la canción que en su momento la voz de Mercedes Sosa elevó a la fama. Esa mismo estribillo terminó por convertirse, tiempo después, en una frase hecha, en un eslogan o, peor, en una cantinela apta para todo público.

Agentes de la televisión, pensadores e intelectuales, cientistas y estudiantes, tacheros, peluqueros y demás repiten, en general, el mantra: cambia, todo cambia. El objetivo de embocar un buen análisis cultural coincide con el desgaste y el vaciamiento del significante época, de modo que este pueda significar, digamos así, cualquier cosa. Cuando se habla de la actualidad, presuntamente cargada de novedad, no queda claro cuáles son las coordenadas de su delimitación ni se responde cuándo terminó el antes o cuándo comenzó el ahora.

Se habla de las nuevas tecnologías, de las aplicaciones de citas, de la liquidez de los vínculos; se habla del capitalismo salvaje que nombra, no sin cinismo, emprendedores a unos pobres muchachos que por poco y nada andan en bicicleta cargando pizzas; se habla de la libertad obligatoria que bien se encarna, por ejemplo, en el oximoron poco literario del amor libre; se habla de la sociedad del espectáculo, como diría Debord o de la sociedad del cansancio como diría Byung-Chul Han; se habla de las mil y un producciones demasiado lavadas que Netflix cosecha por semestre; se habla de la americanización del mundo que hace del apuro y de la productividad valores necesarios; se habla de que ahora los hombres usan pantalones sobreajustados a la par que las mujeres se convirtieron, por fin, en sujetos políticos aunque eso a veces no signifique más que mucho glitter en la cara. Podría seguir. La cuestión es que el diagnóstico es el siguiente: estamos metidos hasta las narices en un confuso pastiche.

Ahora bien, hay una pregunta que siempre queda al margen: ¿Qué es lo que, del antes, perdura invariable en el ahora?, es decir, ¿qué es lo que, dentro del cambia, todo cambia, permanece idéntico a sí mismo sin rendirle tributo al paso de los días? Es llamativo que que estas preguntas sufran la presión de un bozal. Es como si la certeza de que lo nuevo es, además de nuevo, novedoso, operase de terapia o de antibiótico. Pensando en lo que una vez alguien me dijo: es como si tras la pasión fetichista por eso que llaman solemnemente los nuevos tiempos se escondiese un odio visceral a la historia, traducido siempre en ignorancia.

A nosotros, los lectores de Freud, los críticos de Freud nos cuentan el mismo cuento de que las cosas ya no son lo que eran. Nos anotician de que ahora hay WiFi, nos explican que nuestros vecinos andan apurados, que no hay tiempo para hablar ni para diván, nos descubren la verdad última de que la depresión, como tantos otros dramas, es, simplemente, un asunto químico. Y así nos exigen aggiornamiento, por momentos deconstrucción, por otros una desintoxicación del alma. Nos piden como quien pide una obviedad, que cedamos, que cedamos hasta el punto mismo de que el psicoanálisis deje de ser psicoanálisis y pase a ser una commodity más al servicio del american dream.

Pero si nosotros, los lectores de Freud, creemos que bajo ese cambia, todo cambia hay también de lo inmutable, de lo imperecedero, entonces no vamos a traicionarnos ni traicionar a nuestro Maestro (quien además recibía los mismos pedidos simpáticos que nosotros, sus seguidores). Creemos y sostenemos, todavía, del mismo modo que sostenemos que el globo sigue girando alrededor del sol, que hay inconsciente; es nuestro principio ético. Creemos que el deseo -como antes- sigue pujando por manifestarse, que la gente produce -como antes- lapsus; que la gente -como antes- sueña; que la gente, -como antes y pese a todo, pese a tanto cálculo y pese a tanta prevención de la contingencia- se sigue enamorando. Y mientras todo esto sea así, el molesto psicoanálisis no tiene motivos para ser distinto al que inventó en otra época un tal Sigmund Freud.

Un excéntrico caso

Alguna vez dijimos que El Gran Premio de la Cocina es una vivisección abierta al público donde podemos ver el interior de nuestras celebridades: qué comen, qué no, de qué se defienden, qué relación llevan con sus propios cuerpos.

Hace no mucho, el invitado especial, esto es, la celebridad que hizo a la vez de jurado fue un tal Tucu López, quien hasta donde conocemos se dedica a la locución. Su caso se presentó para nosotros como una prueba más de que la excentricidad en realidad no está tan lejos del centro, ni mucho menos lejos del centro de nuestro país.

Nuestro protagonista tiene, como cualquiera, condiciones eróticas. A la carne la come solo a punto, incluso puede estar pasada, seca; no come nada que habite ni haya habitado el mar; la cebolla, el ajo y demás bichos de la misma especie le caen especialmente mal; si al tomate lo ve, no lo puede comer, si no, pasa desapercibido; y tiene agrupados, vaya uno a saber por qué, a varios alimentos en la misma categoría: la sandía, el mango, la palta, la banana y la nuez le producen un insoportable picor en el paladar. Hasta acá lo que sabemos.

El Tucu López, según se puede ver, hace de la alimentación, la suya, un evento demasiado especial, demasiado cuidado. Cuando al frente le ponen ciertos platos e incluso al momento de chocarse con la mise en place, el hombre no puede sino escuchar dentro de sí una alarma que le indica que la extranjería anda rondando la casa. Así, el Tucu López se hace de una serie de medidas preventivas que ofician, no de frontera -lugar de paso-, sino de borde -lugar de corte-. El Tucu López y el mundo se miran de reojo, se miran feo.

El asco, que bien lo sabemos dique, comparte así rasgos con la xenofobia. La relación que guarda el Señor López con diversos alimentos es la misma que guarda un xenófobo con ciertas identidades: un soma, en un caso, y una Nación, en el otro, se atrincheran y se protegen con vehemencia contra una banda de cuerpos extraños, sospechosos, hostiles, crueles, rufianes, ladrones, narcotraficantes, desagradables, inasimimables, sucios, negros, de mierda, etcétera, etcétera.

De la pura queja narcisística a la poesía

Según se dice, la vida de la poeta Alejandra Pizarnik, cuyo desenlace ha sido elegido a dedo, fue un cúmulo de dificultades. Dificultades de respiración (asma), dificultades del lenguaje (tartamudez), dificultades de piel (acné), dificultades de peso (gordura), dificultades tóxicas (adicción), dificultades edípicas (envidia hacia su hermana): así parece estar constituida la trama novelada de su historial melancólico.

Ahora bien, ¿qué pudo armar con esa melancolía Pizarnik? Dice César Aira que con la construcción poética de un personaje melancólico, abandonado, estéril, Pizarnik, sobre todo la primera Pizarnik, hizo «literario lo que sin eso sería pura queja narcisística». Se sirvió del dominio del lenguaje para no caer cual egocéntrica en un historial de vida, en la redacción de un diario íntimo y comercial a la vez. Tentador resulta publicar las penas, llorar por el mundo, ser un manual abierto de la depresión: es lo que decide cualquier alma bella. Pizarnik, contra la tentación del yo fuerte apostó con elegancia a la edificación de un yo poético aun a sabiendas de que eso significaba una derrota del sí mismo, una extracción de libido, un cese de todo onanismo.

Cuando leemos, entonces, a Pizarnik leemos y no leemos a Pizarnik. No estamos ante un catálogo inacabable de penurias biográficas. La poeta fue capaz de darle al ogro un maquillaje, de encontrar, en su desarreglo emocional, una vía libre a través de la cual explorar y desandar los laberintos siempre oscurecidos del lenguaje. Pizarnik se refugió del horror en el horror mismo y de tal modo se evitó tropezar con la piedra de pensar que la tristeza es digna.

Pizarnik descubrió un día cualquiera que las palabras sirven para algo más que comunicar, que con las palabras se puede juguetear, que a las palabras se las pueda romper, que desde las palabras se puede evocar, reparar y musicalizar. Su talento fue doble: primero, tuvo la habilidad para dar con el descubrimiento; segundo, tuvo el valor de asumir las consecuencias. El descubrimiento fue para ella un acontecimiento, es decir, un punto bisagra que surcó en el campo temporal un antes y un después. Pizarnik debió elegir, desde ahí, entre quedarse en la poesía, esto es, más allá de la comunicación o regresar a la estación donde es posible contar lo que se vive y se siente en ese ilusorio campo del tú a tú.

Bien pudo haber retrocedido ante los conjuros del lenguaje, es a lo que la cobardía empuja. Pudo habernos hablado de su tartamudez, de su peso, de su acné, de su envidiable hermana, de su toxicidad, de su tristeza a secas. Pero ella eligió otra cosa: directamente no nos habla. Del relato de vida dramático pegó un saltó hacía la poesía haciendo de esta un bisturí mágico capaz de cortar ese arreglado matrimonio garante del código que existe entre el significante y el significado: el comienzo de la poesía coincide con la afanisis del referente.

Pizarnik realizó también un sacrificio: con el ejercicio poético derrocó al yo del trono, desautorizando así sus blasones, sus excusas, sus insignias, el confort de la queja. No quiso hacer alarde de su melancolía, como si fuera un mérito más (es lo que se estila hoy), quiso en cambio escribir, hacer poesía, lo que lleva a cambiar de tema cada vez. Entendió, en definitiva, que los trapitos sucios se lavan en casa, y no al sol, como aconseja siempre el llamado buen gusto.

Evasión del sesgo

Humberto Vicente Castagna se las tuvo que ver con las potencias del amor, que nunca escasean, y ante las escaladas de sus tinieblas acudió al recurso del lenguaje: ahí donde no hay nada para decir, Cacho Castaña hizo poesía, decisión valiente si tenemos en cuenta que existe la opción de callar.

Toda esa maquinaria retórica que llamamos poesía expone la otra cara del matador, del galán de arrabal, del macho a secas, es decir, su cara vulnerable. De nada sirve, cuando no es piadoso el amor, cancherear: eso enseña el canchero. No parece haber un modo íntegro de atrincherarse contra las causas incognoscibles del desamor. Qué decir entonces, cuando la mujer amada se va, qué más decirle que serás mi amor aunque no estés conmigo. Cacho de Buenos Aires arregla el problema con palabras. No simboliza, al revés, inventa, cual niño, cual indefenso, un mundo donde todo sea se acomode, un mundo donde la imposibilidad pueda ser energía vital.

Hay que recordarlo como lo que fue, pero sin hacer trampa. Es fácil hablar del Cacho demasiado verborrágico, del macho argentino que pensó hasta su última hora lo que pensó siempre. Es fácil creer que Castaña coincide de pe a pa con su reputación: con el violento, con el misógino, con el privilegiado por el símbolo, con el que canta si te veo con otro, te mato. Pero la Luna es un globo y siempre hay un lado que brilla, que se resiste a la noche. Conviene entonces zurcir la escisión, no para reivindicarlo, no para armarle una apología, sino para ser honestos, intelectualmente honestos, al referirnos al problema teórico del alma.

La película completa, quiero decir, la evasión del sesgo nos permite reunir en Cacho Castaña toda su historia y no solo ese pedazo repudiable que tanto fascina a la juventud. La jugada es ética. Se trata de reunir y hasta de compatibilizar en un mismo concepto el Cacho arrabalero, el imperdonable, el violento, el potente con el Cacho venerable, el melancólico, el vulnerable, el impotente frente a las tinieblas del amor, con ese porteño por aprendizaje que acompañó con su voz durante tantos calvarios a millones de desencantados anónimos.