Solo contra el mundo

Que 90 minutos de fútbol se llame así no supone ni una estafa electoral ni una mentira ni una ironía. Si se llama así es porque en algún momento ese título tuvo sentido y luego la tradición y la desidia supieron conservar la novedad de tal acontecimiento.

En 90 minutos de fútbol se habla, a veces, de fútbol, el resto del tiempo es dedicado con alegría al resto de las cosas. Entre ellas, por ejemplo, se incluyen las supernumerarias anécdotas de Oscar Ruggeri, con su inolvidable prosodia y su carisma que exhibe a cada rato su formación old school, factor que lo deja siempre fuera de juego, atrasado, ingenuo, soberbio, chicanero.

El lunes contó las vicisitudes que forjaron su reciente periplo a Italia. Con humor festejó lo festejable, como los precios de remeras lisas y con humor repudió lo repudiable, como el gasto de energía que supone pasar más de dos días en Venecia. Su viaje fue calificado sin remedio de exitoso, y salió inflada en particular la ciudad de Roma, su preferida.

Sin embargo, aún teniendo en cuenta la fiesta de pasar un rato en Italia, con su mujer, Ruggeri confesó, a su manera, que Europa se parece demasiado a Europa, que Europa no tiene nada de Argentina y viceversa, que acá, por ejemplo, se llegó al logro político del bidé, y allá no, y que todo esto le encendió de pronto el impulso por volver, la nostalgia.

El ejemplo del bidé se vio acompañado por la discusión. Los panelistas, si cabe el nombre, coincidieron, diría, con el aplauso al bidé y con buenos ojos vieron la excusa esgrimida de querer volver al país únicamente por la tecnología. El bidé, hay que agregar, no existe solo para granjearse una mejor higiene, el bidé también incluye el signo secreto de un placer que no se relata sin pudor. Cuando uno se exilia de Argentina, por x razón, desea más luego volver. Desea volver por Argentina, es decir, por el bidé, es decir, para lavarse el culo.

¿A qué se debe que el primer mundo, tan citado por nuestros analistas e intelectuales, carezca de bidés? Esa fue, palabras más, palabras menos, la pregunta que echó al aire el saguero central, el campeón de todo. Sus compañeros de trabajo, claramente más formados, más serios que él, le respondieron en coro: es cultural, Oscar. A lo que Ruggeri, sin reflexión mediante, pues no decide perder tiempo en pavadas, o sea, porque es pragmático, como su padre político, a saber, Bilardo, Ruggeri, les decía, respondió a viva voz que no, que no es cultural, que son mugrientos y punto, quebrando en dos, o en tres, la cantinela demasiado tolerante del multiculturalismo, como quien rompe a mitad de partido al inquieto delantero del equipo rival, tan ovacionado además por la tribuna local.

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Es por tu bien

Dentro de lo que son los estudios sobre la crianza, la psicoterapeuta Alice Miller supo darle nombre a una conocida, pero no tan reconocida, escuela de pedagogía: aquella que se sirve de cualquier método, incluyendo los más crueles, para fabricar niños obedientes, dóciles, civilizados. Estamos hablando de la pedagogía negra.

Esta pedagogía que coincide con casi toda la tipología del maltrato infantil arranca de la premisa de que así los menores, aunque el proceso pueda ser un martirio, conquistarán el pretendido areté. Es lo más paradójico, y es un motivo más para seguir sosteniendo el pensamiento de que el infierno está lleno de buenas intenciones. La pedagogía negra que acompañó y moduló la educación de varios en general imparte una suerte de consuelo: Es por tu bien, le dice el educador al educado. Los golpes, los gritos, la manipulación psicológica, el conductismo menos estético, etcétera, son justificados por un afán pragmático y por el error conceptual de que la obediencia es, no un defecto, sino un valor.

Es muy difícil que no se resienta el recuerdo de la pedagogía negra en el marco actual de la sociedad nuestra, la argentina. Cómo no reparar en todo lo que la pedagogía negra y el gobierno de Macri tienen en común: el maltrato a los más débiles y la posterior justificación de que ese mismo maltrato es por el bien de todo y de todos. Podemos afirmar que la pedagogía negra es la que aplican sin medida y a gran escala los y las participantes de Cambiemos: combinan la pasión por la docilidad y el asco por la desobediencia y subliman semejante combo fatal con el invento literario o, sin eufemismos, con la mentira de que para vivir mejor mañana hay que sufrir, y demasiado, hoy.

Yo es otro

Si podemos ubicar como fenómeno de esta época -pongamos que hay algo que se llama estaépoca– una defensa bastante consensuada de la instancia psíquica del yo o, con otras palabras, la sanación del cogito cartesiano por obra y gracia de la desestimación de las tres maestrías de la sospecha, si podemos, decía, denunciar o simplemente reparar en el encubrimiento actual de la ilusión yoica debemos, en consecuencia, darnos cuenta de la explotación del prefijo auto. Veamos algunos ejemplos:

1) El género literario del momento gasta suficiente tinta en dimensionar de más la importancia psicológica de la autoestima, entendida en definitiva como lo que el yo piensa del yo. No hay que ser muy inteligente ni mucho menos para ver que esa relación de yo a yo está del todo ensuciada por el vector imaginario, dedicado siempre a construir el registro de la realidad en torno a cierta «linea de ficción», como diría un tal Lacan. Lo que el yo piensa del yo, quiero decir, no resulta de un proceso diáfano de reflexión honesta sino que en el medio está el otro, que presta su imagen al yo para que el yo pueda ser yo y por tanto otro.

2) En el argot del periodismo deportivo y del periodismo político, por ponderar algunos casos, la noción de la autocrítica encontró por fin estimulación. Lo curioso, lo notable es que en general se le suele pedir a otro que se autocritique. A los entrenadores, a los funcionarios, a la ex presidente. El pedido de autocrítica refleja una paradoja: le pido al otro que se diga a sí mismo lo que yo le quiero decir, y a ese final feliz lo llamo autocrítica.

3) La reeducación emocional del yo se siente cómoda con la expresión retórica de la autoayuda. La autoayuda, su embestida en la literatura gris, presenta la misma paradoja que el ejemplo anterior. Se trata de un otro, que por algún motivo de la vida se arroga el título de conocedor de las cuestiones últimas, que a un otro ficticio, imaginario, poco calculable, le presta una suerte de código o manual para vivir su vida. Es decir, la autoayuda nada tiene de auto pues su operación misma precisa de un otro.

Hay más ejemplos. Pero la tríada propuesta ya nos permite mínimo una conclusión: no hay de lo auto o, resolvamos mejor, aquello que suele afirmarse en ese prefijo está marcado a fuego por la otredad. Lo auto es siempre ajeno desde el momento mismo en qué uno se constituye en el campo del Otro, por definición. En realidad, la tesis no es tan original: la complicación semántica que dejamos caer sobre el prefijo auto tiene su antecedente poético en una de las más célebres fórmulas de Rimbaud, tan curiosamente repetida y olvidada a la vez por varios de nuestros contemporáneos.

La eficacia de la pantallas

Se pretende mostrar la siguiente hipótesis: las imágenes proyectadas en pantallas gigantes tienen cierta habilidad performativa, es decir, modifican la realidad o, mejor dicho, crean una realidad nueva pasible de ser modificada.

Piensen en los eventos deportivos de masivo alcance que llegan sin demora a las televisiones de todo el mundo. Piensen en esas pantallas gigantes que hacen de centro y que exhiben, suelen exhibir, algunos rostros anónimos de los ahí presentes. Piensen en cómo el acto ese afecta los distintos estados del ánimo siempre para mejor. Piensen en cómo al anónimo publicado verse en la pantalla gigante le conmueve la predisposición a la alegría, estimulando de pronto su brote.

Lo antedicho se realiza como palmario cuando las camaras -que proyectan su imagen tanto a la pantalla del estadio como a la programación televisiva- deciden no sin razones disparar sus haces hacia los tristes y deprimidos semblantes de aquellos simpatizantes del equipo que, justo en ese momento, esté siendo derrotado. Es como si se nos quisiera mostrar que solamente hay un modo de perder, que solamente hay malos perdedores, que el fracaso y la dignidad se disocian a la par que el orgullo se erosiona. El ethos del amante, se concluye de inmediato, es uno y universal: ganar, ganar y ganar.

Lo que pasa, sin embargo -y acá está la prueba de la hipótesis, su ratificación- en el preciso instante en que esas caras son ofrecidas, por una pequeña fracción de tiempo, al orbe en su totalidad, trastornan su identidad o, digamos mejor, reflejan que no hay identidad sin trastorno. Pasan, de un segundo a otro, sin otra mediación que la publicidad, del llanto, del sufrimiento, del más sombrío gesto a la algarabía, a la fiesta, al deceso cuanto menos momentáneo de todas las quejas habidas y por haber.

Ahí está explicada y mostrada la eficacia de las pantallas. Solo desde el recurso gráfico de la proyección, el estado del animo de un actor cualquiera recibe y cobra un nuevo estatus. Se hace claro por esta operación que la tristeza, eso que se llama tristeza, no es otra cosa que tener mala cara; la tristeza se define apenas por una específica expresividad física del todo reversible y ya no entonces un desgarro espiritual digno de demasiada poesía. En todo caso, si prefieren, se trata de una tensa relación entre el espiritu y el espíritu mismo, cuya carátula ha de ser la de dismorfia espiritual.

Pausanias y la responsabilidad afectiva

En el Banquete de Platón, de arraigo ya global, Pausanias dice, en su turno, que los juramentos de los amantes no tienen validez, que deben ser tomados a la ligera. Son los únicos juramentos que, al momento de necesariamente incumplirse, admiten el perdón de los Dioses. Si es por amor, vale jurar en vano.

El recuerdo del discurso de Pausanias se resiente en el contexto retórico de la responsabilidad afectiva, sintagma que pretende edificar y mostrar la premisa de que hay que portarse bien en lo que sería el seno de una relación amorosa. La responsabilidad afectiva nos remite a la obviedad más elemental del pacto social, a la idea de que al otro no hay que lastimarlo o, en todo caso, no hay que lastimarlo a propósito.

La responsabilidad afectiva supone, asimismo, que si el otro lo engancha, lo enamora, lo atrae a uno, debe hacerse cargo de sus flechazos. Así, todo lo que hace a su operación de seducción termina constituyéndose en una promesa. Si me enamorás, tenés que responder por ello, reza la máxima de la responsabilidad afectiva. Con otras palabras, por decir algunas, tenés que responderme rápido, tenés que llamarme, tenés que tratarme siempre como quiero aunque no sepa ni qué quiero, tenés que cuidarme porque merezco y necesito tu cuidado. En síntesis, la responsabilidad afectiva no inserta más que una nueva prescripción, cuanto menos moral y del orden del deber, en la cultura.

Esta flamante y a la vez histórica deontología traiciona o tiende a desmentir a Pausanias. Con la prosopopeya tradicional de las catarsis colectivas, con prédicas solemnes, con dramatismo teñido de reivindicación política y con la autocompasión típica del narcisista promedio se exponen, se exhiben y se publican los juramentos amorosos que no se cumplieron, demandando en ese acto la reprobación pública del irresponsable.

Podríamos probar con recuperar, no solo a Pausanias, sino también a los Dioses en un sentido, mínimo, metafórico. Ocupando el lugar de los Dioses, si me permiten lo nietzscheano, nos arrogamos la potestad de juzgar y condenar, por ejemplo, los juramentos. Entonces el hombre actual toma la veta del escrache, del moralismo, de la mano dura, tan bien criticada en otros campos. Recuperar a los Dioses equivaldría, en cambio, a un importante gesto de modestia y, a la vez, de perdón. Que de los juramentos amorosos incumplidos se encarguen los Dioses; nosotros, pobres mortales, podríamos simplemente encargarnos -aunque no sea, como ya sabemos, un proceso voluntario- de no tomarnos tan en serio, tan transparentes, tan sagrados, los juramentos que se hacen por amor.

De novela

No hay, se los juro, un solo nene en la novela de Suar. En Argentina: tierra de amor y venganza falta la infancia, pueden fijarse por su cuenta si no me creen. Hay gente grande, algunos adolescentes, hay recién nacidos, pero ningún niño. Ni uno solo en tantos capítulos.

Es como si Carolina Aguirre y compañía, es decir, los escritores hubiesen decidido, adrede o no, reconstruir la Argentina de los años treinta de esa manera: sin infancia o con la minoría de edad reprimida, cancelada, censurada. En la Argentina cuna de inmigrantes obligados, en la Argentina del tango que aprieta los puños y llora, impotente, por desamor, en la Argentina de la corrupción estatal, en la que siempre ganan los de siempre y en la que los demás se conforman con la tesis del progreso inevitable, en la Argentina de los burdeles y las putas, de los cafishos con suficiente perspectiva de género para sostener el negocio y los brutos con plata cargados de lascivia, en la Argentina que descubre el fenómeno de la radio, es decir, de la globalización, en esa Argentina, tan solemne, tan seria, tan narrable, tan estética, tan de todos, tan de algunos, en esa Argentina que para muchos es un sueño regresivo, como todo sueño, en esa Argentina según Aguirre y compañía, no hay, no hubo, no pudo haber habido, mejor dicho, ningún espacio, ninguna mirada para los menores. Es como si la alegría de estos, por momentos tan irrisoria, no compatibilizara con la historia argentina de los treinta. Es como si los chicos argentinos, digamos así, hubiesen nacido después.

Otro elogio del amor

Después o antes de ver Gattaca, podría ser complementario, si les gusta el término, leer Elogio del amor, de Badiou, donde el autor describe las coordenadas de una época que al amor le quiere sacar el riesgo, o sea, su corazón o, peor, su definición.

¿Qué pasa con el amor, con la seducción, con el erotismo en una sociedad que tiene todo calculado? En Gattaca, es decir, en la representación de un not too distant future, untado en una visión distópica, podemos recibir directamente la noticia de los efectos que la Ciencia, al intentar con éxito acaparar y explicar todo, produce en la organización de una especie, en este caso la nuestra.

Los avances ya concretados sobre la carga genética de los ciudadanos se asocian sin vacilación con la ejecución masiva del proyecto de la eugenesia. En la sociedad de Gattaca se ha disminuido al maximo, por no decir que se ha anulado, el azar. No es más la suerte ni la contingencia las que deciden el dibujo de cada código genético ni lo que hay de cosa en cada uno (por usar términos de Ricoeur). La identidad, que bien la sabemos contigente, incalculable, azarosa, problemática, se ve corregida por la ciencia. Así, la nueva lucha se clases se da entre los no validos, con los que la revolución científica nada pudo o quiso hacer, y los validos, para quienes el cielo, en este caso literalmente, está servido.

Tener hijos o, mejor dicho, enamorarse en esta sociedad es hacer cuentas. La pasión del enamoramiento es una cuenta matemática que dio lo que tenía que dar. Para saber si equis persona es la persona indicada -no dejamos de hacernos esta pregunta- basta un examen de laborario de su material genético. Lo que tenemos en Gattaca es una subversión de lo que se entiende de manera habitual por seducción: si un tipo le gusta a una tipa, ésta le tiene que dar, para la correspondiente prueba, pongamos, un pelo, es decir, sustancia que hable de ella pero sin poesía, un pedazo de su identidad perfectamente mensurable. No existe jugársela: no hay por qué hacerlo. El amor ya no camina de la mano de las chances de equivocarse.

Todo está controlado porque ganó la batalla cultural, si quieren, la ciencia del dato, esa ciencia que parte del prejuicio de que los números son exactos y llega al destino final, gracias a cierto viento de cola, en que a todo se le puede encajar una cifra, una verdad positiva, una predicción. Se reducen el daño y el riesgo a cero. El amor, siempre acostumbrado a lidiar con el árido entuerto de la contingencia, siempre dormido en los laureles de la no conveniencia, es introducido a la fuerza, en Gattaca, al baño frío de lo lógico, de lo racional, de lo conveniente. Y digamos así: quitarle la contingencia al amor es como extirparle un lado a un triángulo y pretender que se siga llamando igual.

De todas maneras, la película salta de un momento a otro del pesimismo al optimismo. Es, al llegar al horizonte, el amor, entendido ahora sí como riesgoso, lo que le da un poco de desorden colorido al bodrio generalizado del racionalismo métrico. Nuestros protagonistas superan el umbral de la conveniencia y abandonan, en ese sentido, la religiosa fe en los laboratorios. Pasan a confiar en ellos mismos, en las razones secretas de sus locuras. Vemos por fin aparecer algo del orden de la sentimentalidad despareja, típica del hombre universal, despegada por fin del cálculo y de la buena forma. Vemos, por fin, que se la juegan, que se arriesgan, que ella se queda con él, pese a él, y que él, por ejemplo, golpeado por la ceguera, cruza una calle transitada por demás porque del otro lado está ella, simplemente ella, poniendo en jaque en este acto, ya no su prestigio, ya no su beneficio empresarial, sino poniendo en jaque su propia vida, que se confunde una y otra vez con la de ella, la mujer que ama.

Nuestra mejor representante

Arde la vida tiene un pie en la ficción, en la literatura, en los excesos de lirismo y otro, mejor asentado, en la autobiografía, en el despliegue de un anecdotario. La autora nos cuenta su vida, su desarrollo, de un modo más o menos ordenado y a cada anécdota vital le adosa, encima, con su inevitable peso, una reflexión. Prueba la tesis aristotélica de que los hombres, además de memorizar situaciones, causas y efectos, como hacen animales, reflexionan, cosa que no hacen estos. Tajes es la testigo número uno de su propia vida, y la cuenta, para que sirva de escuela, o al menos de terapia.

Están los años de la infancia, afectados por la violencia y la algarabía. Está la juventud, a la que cierta biología reduce al título de desborde hormonal, con todas esas aventuras referidas al secundario: los desplantes, los cambios corporales, la desgracia de no pertenecer ni siquiera al propio cuerpo. Está la adultez, finalmente, signada por la presunta hosquedad universitaria y las idas y vueltas del amor. En fin, la autora no sólo vivió cosas, sino que a las cosas que vivió las inserta en la trama general de un pensamiento programático. Intenta, el libro, con dudoso éxito, ser un libro de psicología, un libro que prodigue, cada vez, un consejo, la palabra justa, la catarsis de saberse acompañado en sufrimiento. Apunta al más sensible homo-psychologicus que intoxica cada casa, haciéndole creer a cada dueño que de psicología sabe sólo por tener experiencia psicológica.

La licenciada que escribe parte de un supuesto: lo que le pasa a ella, le debe pasar a todo el mundo, a cada anécdota le debe seguir, en consecuencia, un tal cual. Y en ese supuesto ella encuentra una función social: por eso, porque lo que le pasó a ella es de alcance universal, escribe un libro que de cuenta, que explique, que proponga un sentido inequívoco para esas vivencias compartidas. Tajes se autocorona como eje del orbe. Con humor y angustia, con pasión y dramatismo, con elocuencia y con simpleza, la autora le dice a sus lectores: yo tengo las claves, y se las regalo, a un módico precio de 579 pesos.

Digamos algo más: Es un libro inofensivo, que es respetuoso por demás con los buenos, y apenas insinúa una protesta contra los otros. Es un libro simple, que fluye, que en un fin de semana se acaba, para que uno pueda seguir con otra cosa: la realidad es degradada al nivel de un discurso que lo puede entender cualquiera, sin detenciones. Es yoico, incluso a niveles absurdos, no sólo porque está escrito en primera persona, sino porque de vivencias personales la autora llega, sin escalas, a moralejas generales. Es decir, resumiendo, los que vendrán, futuros investigadores, si es que quieren entender de qué van estos tiempos, los nuestros, podrán y deberán leer a Tajes, parte del patrimonio cultural, para echar luz ahí. Y se encontrarán, entonces, con una hipótesis, que fácilmente comprobamos nosotros, a saber, la hipótesis de que esta época apuesta, como apuesta la poeta, nuestra representante, a la inofensividad, a la simpleza, a la psicología del yo y a la generalización.

Astropolítica

Los píticos maestros de los astros nos enseñan con regularidad que la tierra no termina donde termina la tierra y que a la secuela secreta es posible encontrarla en el ritmo rotativo y giratorio de otros globos, más lejanos y probados por la empiria.

Los astros son nuestro mandato. No hay mandato social, lo que hay en cambio es la regla solar y lunar de otro mecanismo, de un mecanismo interplanetario, cuya lógica se entrama en la de lo predecible y de lo calcubable. Somos hijos del rigor automático de los planetas, de los piedras, de las noches, de los días.

La presunta neutralidad de los astros queda así barrida. Si nosotros somos los astros mismos, su continuidad, su engendro, entonces cabe decir que los astros están embarazados con pesar de razón democrática. Los astros votan, legislan, opinan, deciden, se cansan y se contentan. Cada engranaje galáctico tiene la fortuna tosca de una dirección politizada, de modo que es consecuente opinar que cada Luna tiene su candidato preferido.

Es normal, con esta visión humanizada, que los astrólogos que visitan estudios de televisión metan, imbriquen en la misma frase una opinión personal, de ciudadano, y una opinión astral, de exégeta de planetas. Son dos juicios que a su vez son uno solo. Ellos, los místicos, son la voz misma de los astros y de los arcanos, son poseedores de la habilidad de barajar y dar de nuevo el azar, son comunicadores duchos en el arte oracular. Ellos no opinan sólo por opinar. Opinan con un sentido verídico, intachable, marcado a fuego por la fiera jerarquía celeste.

No hay que asustarse entonces si una astróloga dice en el sillón de algún programa que a ella le gusta Vidal porque tiene, según indica la ciencia, una revolución solar hermosa y toda una serie de elementos probatorios a su favor, de índole psicoastrológica y numerológica. No hay que asustarse. Es una palabra de los cielos motivada de algún modo. Los cielos quieren una renovación y quieren que esa renovación tenga el límpido rostro de Maria Eugenia. Eso dicen los astrólogos de y en la televisión. Y cómo no creerles si ellos mismos son el defecto humanizado del orden universal.

Los astros no son puros, se insiste con esto. Están tocados por el signo humano de lo político y a partir de ahí dirigen hacia abajo la fatigosa energía de un condicionamiento. El problema, ahora, es sentirse determinado cuando se está apenas condicionado. Pero si uno sale de esa confusión mental, evade a la vez el susto. Está claro que los astros y las cartas dicen, hablan, o los hacen hablar, que es lo mismo. Los astros tienen, sí, una palabra, pero esa palabra está infectada, como toda palabra, por lo ideológico, de modo que no es la primera palabra ni será la última.

Los viejos amores

De Río Gallegos no me quedan casi recuerdos nítidos. Alguna que otra calle, algún local de ropa, La Anónima, la falta de respeto del frío, la escarcha, los amigos del primario, la irreversible verdad de que nací ahí, el amor.

Alberto Fernández dio su primer discurso post-anuncio electoral en la susodicha. De ahí el intento de recuerdo. La capital del sur presenta una escenario muerto: de la flora ni noticias, del talento estético menos, del entretenimiento mejor no hablar. Es difícil quererla, tanto que cuando se logra se lo hace de modo intenso. Cada vez que se puede, el pueblo parte. A donde sea, a ver el Glaciar, al Chalten, a Las Grutas, a Puerto Madryn. Para soportar una vida en Río Gallegos hay que huir de vez en cuando.

Es algo que sucede en otros ámbitos, incluso con más severidad. Pensemos en el amor: Cuántas veces sucede el empacho, el hastío en el seno íntimo de una relación amorosa de años. Cuántas veces, así, la cosa decanta en una separación, en el típico truco táctico de darse un tiempo. Cuántas veces ese mismo tiempo se traduce en la reconstrucción de la verdad de que hay amor, de que el amor existe porque al otro se lo extraña groseramente. Es de novela. La experiencia parece indicar que a veces hay que dejar de querer para seguir queriendo, que a veces hay que irse para poder volver.